Negro bosque

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Lo que me fascina del acercamiento del artista Johann Heinrich Füssli -más conocido como Henry Fuseli- al mundo de la brujería y lo irracional, es su seguridad. Su firmeza. Fuseli no racionaliza ni intelectualiza lo invisible sino que lo considera inevitable. Por lo que sus lienzos son sumamente expresivos. Tienden puentes hacia el vampirismo, además de ilustrar los pensamientos de William Blake con mayor carnalidad, sin los complejos simbolismos utilizados por aquel iluminado. Fuseli, de hecho, incluso se recrea en los michelines, las carnes flácidas, humanizando a las pesadillas y hechiceras de tal modo que resulta imposible pensar que no son reales. No existen. Algo que tiene mucho que ver con la naturalidad de su estilo. Un pincel que dialoga con soltura con Rubens, el jocoso barroco que derribó a los dioses y mitos grecolatinos, las paletas oscuras de Caravaggio y la futura furia romántica. Y que se atreve a mirar en los agujeros negros. Destrozar la Enciclopedia y penetrar en los libros prohibidos. Los realmente interesantes. Valiosos.

Fuseli, en ningún caso, imagina. Fuseli describe. Enfatiza lo consabido. Se recrea y casi que se jacta con lo mórbido. No lo teme. Tampoco lo ama. Lo considera parte suya. Una faz sin la cual no se entiende lo humano. Por lo que rastrea en los mitos, escenas clásicas, intentando extraer de ellas lo que la civilización, el pudor, la religión y a veces la cultura, nos han hurtado. No hay mitos sin brujería. Los primeros artistas lo fueron. Había que saber de conjuros para traducir el pensamiento de los dioses en una palabra o un verso. Y también los navegantes, lo fueron. El verdadero brujo de la historia de los argonautas no es Medea sino Jasón. O más bien, Medea es, además de complemento, consecuencia de Jasón. De un viaje alocado que sólo quien poseía poderes ocultos, podía soñar no ya concluir, sino, en verdad, pensar en iniciar. Por lo que, en esencia, Fuseli se plantea su trabajo, como la revelación de una verdad. Más o menos oculta pero verdad. Sintiéndose tan preocupado por ofrecer una visión objetiva de ella como de, al retratarla, imprimirle su intransferible  toque personal. Conseguir transmitirnos la emoción que siente, al encontrarse frente a las potencias que crearon y manejan este mundo. El mal denunciado por el gnosticismo revelado en unos ojos airados, una boca abierta, unos dientes rotos o unas piernas abriéndose para recibir la lengua del demonio.

Fuseli es un humanista. Nos advierte que no podemos evitar el mal. Más bien, debemos comprenderlo. Conocerlo. Y casi admirarlo. Pues cuanto mayor es su empuje, también lo es el del bien. Está enamorado de la noche, los perfumes del sexo y desconfía del trabajo. Una actividad que -se intuye- considera alienante. Tanto es así que en sus lienzos, el mal tiene un componente perverso bastante liberador. Es casi un requisito para la plena conciencia. O, más bien, un recuerdo de que las cosquillas que sentimos cuando alguien al que odiamos, sufre una desgracia, son reales. Están ahí. Son inobjetables. Como el dulce sabor a placer de una venganza. Con el mal se convive. Se lo sufre o se lo ama. Pero no se lo niega, como pretendía la ciencia o se lo combate, como ha querido hacer la religión a lo largo del tiempo. Eso entiendo que nos dice Fuseli en sus lienzos ideales para ilustrar las tragedias de Shakespeare. Para comprender los miedos e ira de Macbeth, los celos de Otelo y la cólera de Hamlet. La faz de las adivinas y la guerra. Y el ruido. También el ruido. Sobre todo, el ruido. La conciencia destrozada de Occidente, empeñada en matar al minotauro. El toro. El animal que somos. Lo irracional reprimido que terminará por prevalecer si es negado.

La obra de Fuseli es una oda libertaria al espíritu humano. Una exploración del tiempo arcaico previo al filosófico. El paraíso perdido de Milton. Todas aquellas fuerzas contra las que la civilización ha luchado enconadamente. Por miedo y odio. La memoria arcana de la humanidad. Una explicación mítica y no racional al origen del hombre. Un preludio a Las flores del mal. A la mirada de fuego de Baudelaire. Sus lienzos, sí, son en el fondo, más un rezo que un conjuro. Una llamada de atención para llevar el arte a la tierra. Son el reflejo de un embrujo. De una posesión. Pura obsesión. Recuerdos de los viajes dantescos, mezclados con la cólera de Aquiles y los espejos de la avaricia y la ira disueltos en el mundo. La constatación de que probablemente los problemas estéticos e incluso el arte abstracto son vías de escape. Cobardes maneras de huir de la cuestión trascendental. La esencia del ser humano que pone de manifiesto, sin ambigüedad alguna, el mal. La bestia que no debe ser domada. Sino amada. Esa fiera que nos ha pedido desesperadamente, una y otra vez, a lo largo del tiempo, -ya sea secuestrándonos o robándonos el alma- ser adorada, admirada, pero sobre todo, amada. Incondicionalmente. Con ese amor que los padres tienen a los hijos que nacen tullidos. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Ni tan lento que te alcance la muerte, ni tan rápido que des alcance a la muerte

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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