Negro bosque

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Lo que me fascina del acercamiento del pintor Johann Heinrich Füssli -más conocido como Henry Fuseli- al mundo de la brujería y lo irracional, es la seguridad y firmeza con las que se adentra en territorio inhóspito. Fuseli no racionaliza ni intelectualiza lo invisible sino que lo considera inevitable. Por lo que sus lienzos son sumamente expresivos. Tienden puentes hacia el vampirismo e ilustran carnalmente los pensamientos malditos y las sombras negras. El artista suizo, de hecho, incluso se recrea en los michelines y las carnes flácidas, humanizando a las hechiceras de tal modo que resulta imposible pensar que no son reales. Algo que tiene mucho que ver con la naturalidad de un estilo que dialoga con soltura tanto con Rubens como con las paletas oscuras de Caravaggio y se atreve a mirar de frente a los agujeros negros. Destrozar la Enciclopedia y penetrar en los libros prohibidos. Los realmente interesantes y valiosos.

Fuseli no imagina. Describe. Enfatiza lo consabido. Se recrea y casi que se jacta con lo mórbido. No teme a la oscuridad ni tampoco la ama. La considera parte de sí mismo. Una faz sin la cual no se entiende lo humano. Por lo que rastrea en los mitos y escenarios clásicos, intentando extraer de ellos el matiz perverso que la civilización, el pudor, la religión y a veces también la cultura, nos han hurtado.

Los primeros artistas fueron brujos, magos. Había que saber de conjuros para traducir el pensamiento de los dioses en una palabra o un verso. Y también los navegantes lo fueron. En la historia de los argonautas, Medea es además de complemento, consecuencia de Jasón. De un viaje alocado que sólo quien poseía poderes ocultos, podía pensar en iniciar. Por lo que, en esencia, Fuseli se plantea su trabajo, como la revelación de una verdad. Emocionado por tener la posibilidad de plasmar a las potencias que crearon y manejan este mundo en sus lienzos. Ese mal denunciado por el gnosticismo desvelado en sus creaciones merced al retrato de unos ojos airados, una boca abierta, unos dientes rotos o unas piernas abriéndose para recibir la lengua del demonio.

Fuseli es un humanista. Nos advierte de que no podemos evitar el mal. Más bien, debemos comprenderlo, conocerlo y casi que admirarlo. Pues cuanto mayor es su empuje, también lo es el del bien. Además, se intuye que se encontraba enamorado de la noche, los perfumes del sexo y desconfíaba del trabajo porque el mal posee un componente perverso bastante liberador en su obra. Es prácticamente un requisito para la plena conciencia. Un recuerdo de que las cosquillas que sentimos cuando alguien al que odiamos sufre una desgracia, son reales. Están ahí. Son inobjetables, como el dulce sabor a placer de una fría venganza.

Con el mal se convive. Se lo sufre o se lo ama. Pero no se lo niega o combate, como han pretendido hacer la ciencia y la religión a lo largo del tiempo. Eso entiendo que nos sugiere Fuseli en sus lienzos, ideales para ilustrar las tragedias de Shakespeare: comprender los miedos e ira de Macbeth, los celos de Otelo o la cólera de Hamlet y también el ruido. Sobre todo, el ruido. La conciencia destrozada de Occidente, empeñada en matar al minotauro. El toro. El animal que somos.

La obra de Fuseli es una oda libertaria al espíritu humano. Una exploración del tiempo arcaico y de todas aquellas fuerzas contra las que la civilización ha luchado enconadamente por miedo y odio. La memoria arcana de la humanidad.  Es casi un preludio a Las flores del mal. A la mirada de fuego de Baudelaire.

Los lienzos de Fuseli, sí, son en el fondo, más un rezo que un conjuro. Son el reflejo de un embrujo, de una posesión. Pura obsesión. Espejos de la avaricia y la ira disueltas en el mundo. La constatación de que probablemente los problemas estéticos e incluso el arte abstracto son vías de escape, cobardes maneras de huir de la cuestión trascendental: la esencia maligna del ser humano. El mal. Esa bestia que nos ha suplicado desesperadamente, una y otra vez a lo largo del tiempo y por todos los medios posibles, ser adorada y admirada pero, sobre todo, amada incondicionalmente; con ese amor fuera de toda medida que los padres tienen a los hijos que nacen tullidos. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Ni tan lento que te alcance la muerte, ni tan rápido que des alcance a la muerte

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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