Ocaso

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Como todo romántico, Viktor Vasnetsov (1848-1926) era un nostálgico. No importa cuan actual fuera el acontecimiento retratado, siempre poseía un aroma mítico y evanescente. Muchos de sus personajes se encuentran incrustados en un espacio a mitad de camino de la fantasía y la realidad. Poseen una magia única. En sus lienzos, tanto lo espiritual y lo terrenal invocan un más allá. Y confluyen el romanticismo y el simbolismo en medio de un mar de ecos y voces que remiten al arte bizantino. Vasnetsov era un rebelde. Luchaba contra el tiempo. Se resistía a permitir que el progreso borrara de la memoria humana los arcanos inmemoriales del pasado. Y dotaba de una belleza sobrenatural a cada una de las escenas que retrataba.

No se encuentra tan lejano el impulso que condujo a Fiodor Dostoievsky a escribir, del que hizo que Vashenko consagrara su vida a la pintura. Ambos añoraban la pureza crística, ansiaban retornar a un tiempo total y sospechaban del futuro que aguardaba a la humanidad. Vislumbraban el ocaso del humanismo como un preludio del fin del ser humano, cuya decadencia anunciaba la destrucción de los valores y principios que daban sentido en la vida en su conjunto. Y sentían en sus carnes con inusual intensidad los sufrimientos del pueblo ruso. Ocurre que si, por ejemplo, en Memorias del subsuelo, el descontento con el mundo moderno se traducía en una crítica visceral de la sociedad, que se disolvía en angustia y brotes neuróticos, Vashenko se alejaba de esa gris realidad y, en parte, la combatía, extrayendo poesía de los acontecimientos más trágicos, y a través de la imaginación. Esto es; llevando a cabo un recorrido por las leyendas medievales, la historia rusa y un sinfín de historias fantásticas a través de las que intentaba volver a cimentar las raíces de un país que, al igual que los occidentales, estaba abocado a sufrir cambios trascendentales en medio de los que peligraba parte de su identidad.

Vashenko era un vitalista. Deseaba desarrollar su espíritu de la manera más grandiosa posible. Y por ello, desde los cadáveres hasta las calaveras refulgen con brillantez en sus lienzos. Podrían levantarse en cualquier momento y echar a andar. Y los paisajes parecen no tener fin. Muestran un horizonte perpetuo que libera el alma al tiempo que invoca incógnitas, misterios y sorpresas. Los caballeros medievales y los guerreros de Vashenko no son semejantes a los que pueblan la pintura occidental. Son rusos. De hecho, se percibe, a pesar de su hieratismo, que se encuentran apesadumbrados. En cierta medida, torturados y agotados. Que, a pesar de su fortaleza y su voluntad de hierro, están desorientados. Morirán sin saber exactamente por qué y no terminarán de celebrar sus victorias, apesadumbrados por esa indefinición existencial -que tantas veces desemboca en tragedia- propia del espíritu ruso, que tantos filósofos y escritores han intentado definir. Son, en cierto modo, Quijotes escépticos y desencantados. Idealistas crueles tan orgullosos de su identidad como corroídos por ella.

A pesar de su tendencia idealizante, Vashenko retrata el mundo de los sueños y la fantasía como si fuera un cuenco lleno de sorpresas, miedo y horror. La elegancia y la meticulosidad con la que describe cada detalle de estos lienzos es casi una excusa o pretexto para mostrar la refinada crueldad del poder. Esos palacios llenos de intrigas y seres perversos entre los que, de tanto en tanto, se desmadejan lianas de inocencia y candidez. En Vashenko, el poder es absoluto y totalitario. Una fuerza descomunal imparable que ahonda más en la soledad y desamparo del pueblo. Y obliga a bucear en el folklore fantástico, buscando ejemplos moralizantes que auguren su caída y escarmiento. Hay, como indiqué anteriormente, algo de anhelo desesperado, de hecho, en la afición por la fantasía del artista ruso. Deseos de encontrar refugio y protección ante el incontinente crecimiento de las ciudades, las crisis campesinas y el inhumano comportamiento de los zares pero, sobre todo, de hallar una vía a través de la que trascender la realidad, y reencontrarse con la santidad y el bien. Una serie de valores ideales que habían entrado en erupción.

Además de la suntuosidad de sus dibujos, el fino y sutil trazo con que los lleva a cabo, la grandeza de Vashenko radica en ser un pintor múltiple. Haber sabido moverse a través de distintos espacios con absoluta naturalidad. Siendo capaz de retratar las escenas suntuosas de la corte como si fuera William Shakespeare, plasmar las costumbres del pueblo ruso como si formaran parte de un libro santo y él fuera un pintor naturalista, ilustrar textos fantásticos con la sensibilidad de un orfebre o un artista oriental y atrapar a las grandes figuras de la historia rusa en medio de un magma pictórico que las llena de fuerza mítica. Y las convierte en símbolos de un país cuya herencia bizantina y extemporánea queda totalmente de manifiesto en lienzos que son una mezcla entre un llanto y una sonrisa. Un cántico espiritual, una leyenda, un rezo y un pasaje bíblico. Shalam

إِنَّهُ لَيَعْلَمُ مِنْ أَيْنَ تُؤْكَلُ الْكَتِفُ

La inteligencia anula al destino. Mientras un hombre piensa, es libre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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