Otto Dix: la guerra

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Adoro este tríptico de Otto Dix. Creo que, ante todo, porque expresa aquello que desea decirnos directamente. En un lenguaje sencillo y claro (que no simple) entendible por personas de todas las edades y culturas. No me cuesta en absoluto imaginarme en un futuro hipotético mostrándole a mi hijo este retablo para que conozca los horrores que produce cualquier guerra. Todos comprendemos exactamente aquello que el pintor alemán desea decirnos a primera vista. Es muy fácil empatizar con sus experiencias en los frentes de trincheras de la Primera Guerra Mundial. Las visiones que tuvo y el desamparo y desasosiego que sintió al tomar conciencia del horror generado  por la sinrazón.

Resulta tan curioso como sintomático que Otto Dix marchara como voluntario al frente. Con lo que sabemos ahora, nos parece mentira que tomara esta decisión pero a principios del siglo XX, todavía se consideraba un honor, un acto heroico servir a tu país en un acto bélico. Y esto hace que su testimonio resulte más impactante. Porque es el de un desencantado. Un entusiasta que se ha convertido en un crítico extremo. Un disidente y rebelde con causa que, a pesar de todo, siente fascinación por lo experimentado. Un jinete que se ha adentrado en el centro del apocalipsis, ha recorrido varios círculos del infierno y da testimonio de su recorrido con dolor pero al mismo tiempo, se encuentra seducido por el tamaño de la barbarie y locura que contemplara. En realidad, este tríptico tuvo que ser una expiación para Otto Dix. Un liberación de las fantasmas que podían enfermarle, a través del que dejaba testimonio del lado perverso y oculto de esa refinada cultura occidental que, al compás de las ciencias positivas, Sigmund Freud se encontraba explorando inquietantemente por aquel entonces. De hecho, el lienzo es una manifestación de la venganza cometida por Dionisos contra Apolo, del mito contra la razón que deseaba encajonarlo. Es un reflejo de la monstruosidad contra la que los poderes ancestrales se rebelaron contra los racionales, desembocando en la Gran Guerra.

Hay muchos aspectos fascinantes en el lienzo. En primer lugar, su capacidad visionaria. Sus rasgos y caracteres apocalípticos o post-apocalípticos. De hecho, si alguien me dijera que la parte central corresponde a un cómic de Balcarce y Zanotto o es un esbozo o diseño gráfico de una película de ciencia ficción anclada en un remoto futuro distópico, me lo creería. Tanto es así que considero que este es uno de los aspectos más destacables del lienzo. El hecho de que Otto Dix dibuje la guerra no como un espectro perteneciente al pasado sino como un espíritu futuro amenazante. Una sombra que puede aparecer en cualquier momento. Algo que se comprende al revisar los motivos que le condujeron a componerlo. Su intención, años después de la Primera Guerra Mundial y en un momento en el que la sombra de Adolf Hitler se oteaba amenazante en el horizonte, de que sus paisanos no olvidaran estos cruentos hechos.

Por otra parte, me llama mucho la atención la máscara de ese soldado perdido en un paisaje de pesadilla porque sus reminiscencias de los delirios y alucinaciones surrealistas, aluden, en este caso, a una experiencia real. Varias preguntas me asaltan al contemplar la escena. ¿De qué se tapa la cara?, ¿del asqueroso olor a muerte y podredumbre que le rodea?, ¿por qué se encuentra solo ese soldado?, ¿qué ruidos escuchará?, ¿por qué se encuentra aparentemente tranquilo ante tanto horror?, ¿la guerra o tantas muertes lo han dejado insensible?, ¿es una proyección del propio autor (la respuesta más clara y evidente) o un símbolo de la insensibilidad a la que condena toda guerra?

También me interesa mucho el tratamiento de los colores. Sobre todo, los gélidos. Ese blanco con tintes desoladores que nos sumerge en la radical frialdad de esta experiencia humana, consiguiendo que el retrato adquiera un tono onírico que, en ningún caso, resta dramatismo a lo descrito. Al contrario, le concede el marco preciso. Pues hace destacar aún más la barbarie de los cuerpos hacinados, ensartados y descuartizados en la parte central del tríptico así como el terreno arisco en el que los soldados de la parte izquierda van a introducirse y el gesto heroico, casi santo, de resonancias crísticas, que realiza el hombre con la cabeza descubierta del borde derecho.

Es inevitable, asimismo, no prestar atención a los soldados encerrados en esa especie de tumba en la que se repliegan como cucarachas y escarabajos, que recuerda a ciertas imágenes kafkianas. Pues esa parte del tríptico permite terminar de completar un retrato de un mundo que ha devenido infra-mundo. Territorio franco para los muertos, en el que los demonios campan a sus anchas.

Que el arte salva vidas es una evidencia. No quiero pensar qué hubiera sido de Otto Dix de no haber podido expresar sus vivencias. Toda su angustia. Probablemente se hubiera suicidado. Pues no hubiera podido guardar tantos traumas en su interior. Afortunadamente, los volcó al exterior, consiguiendo redimir su alma y el de muchos de sus compañeros y espectadores. Casi se me ocurre por ello, que ese ser moribundo que aparece en la parte final del tríptico, era su propio espíritu. Era una imagen de Otto Dix portándose a sí mismo. Intentando salvarse de la destrucción total. Comprendiendo que únicamente, dando testimonio de lo vivido podía auxiliarse. Algo que, durante las últimas décadas, parece haber olvidado Occidente. Un continente cuyos poderes fácticos parecen empeñados en poner un velo sobre los cadáveres. Pues de los muertos se acuerda únicamente en momentos testimoniales. Haciendo por tanto, que olvidemos que cualquier guerra es un riesgo real.

En fin, Otto Dix vio el infierno de frente, lo retrató y quiso hacer una advertencia a las generaciones de futuros ciudadanos. Razón que explica el escaso reparo que tuvo  en mostrar la devastación bélica en toda su crudeza, tal y como reflejan estas palabras suyas de 1961 que entiendo, son una coda apropiada a este texto: “La guerra es algo embrutecedor: hambre, piojos, fangos, esos ruidos enloquecedores. Todo es distinto. Mirando cuadros más antiguos, he tenido la impresión de que falta por exponer una parte de la realidad: lo repulsivo. La guerra fue una cosa repulsiva, y pese a todo, imponente. (…) Hay que haber visto a los hombres en ese estado voraginoso para saber algo sobre ellos”. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

El agua hace flotar el barco, pero también puede hundirlo

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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