Pasteles mortales

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Maurice Richard Heesen es un lúcido y lúdico fotógrafo neerlandés de indudable talento, increíble plasticidad, capaz de combinar el pop con el camp en soportes creativos que a veces son postales fotográficas dadá, comerciales kitsch, irónicos y delirantes estallidos de color y en su mayoría, humorísiticas incursiones zombis (y retro) dentro de la sociedad de consumo occidental y su esquizofrénico estado del bienestar. Arte ideal para quienes piensan que la música de Abba fue grabada por espíritus del más allá o extratarrestres, han disfrutado más con la serie The Ring de Lars Von Trier que con Los Soprano o Taxi Driver, han bailado borrachos hasta reventar las canciones de Bee Gees en una boda, de tanto en tanto se echan una partida a un videojuego, frecuentan las marcianadas snobs de Roy Andersson y Flaming Lips, han crecido absortos con la publicidad, mezclando lecturas de superhéroes americanos, ciencia ficción barata, historias de Los cinco y clásicos literarios del cariz de Robinson Crusoe, y se pueden permitir viajar de tanto en tanto.

Entre todas sus series, amo Normandy, Seat Uefa y Abu Dhabi. En la primera, satiriza el histórico desembarco norteamericano en Europa mostrándolo como un aterrizaje colonial y sobre todo, comercial del ejército capitalista. En la segunda, juega, ríe e ironiza con la pasión que despierta el fútbol en los aficionados europeos, a los que, (como se puede sobreentender en la siguiente imagen), no deja muy bien parados.

Y en la tercera, retrata con impresionantes tonos pastel, un colorido inusual, los reflejos especulares, la geometría matemática, los tapices, arabescos infinitos y silencios sagrados de la sensual mezquita de Abu Dabi.

En cualquier caso, resulta muy difícil no citar su serie Muerto feliz, con la que muchas personas pudimos conocerlo hace unos años. Cinco soberbios, espeluznantes retratos que capturan a diferentes personas que han muerto por accidente o suicidio, con una expresión facial de incontenible felicidad. Más que nada, porque Heesen consigue en todas ellas unir lo bello con lo siniestro. Captar con absoluta naturalidad y desparpajo el zeilgeist de nuestra época. Desvelar aquello que nos pide y exige el poder: que muramos (consumamos) contentos y si es posible, sonriendo, contribuyendo a dotar de un agradable pictograma más a la sociedad del espectáculo.

El capitalismo, parece decir Heesen, ya no nos quiere zombis sino muertos. ¿Para qué va a necesitar tantos seres humanos cuando del trabajo que éstos realizaban, ya se encarga la nueva tecnología? Pero eso sí, nos quiere muertos felices. Desea que vayamos bailando a la tumba, al paso de una lambada o un ritmo house. Si es posible moviendo el culo y las palmas de la mano de arriba abajo. Bien musculados y afeitados además de depilados. Con una camisa colorida a rayas y ropa interior elástica y cara. Debatiendo segundos antes de la muerte si contestar un whatsapp (o guasap o watsup) o no hacerlo, contemplar un capítulo más de Doctor en AlaskaLost, poner o no poner un me gusta en facebook. Usar desodorante o colonia, vaqueros o traje. Pintalabios azul o negro o la raya del pelo en el medio.

El capitalismo ya no nos desea esquizofrénicos. La esquizofrenia se la deja a los muertos. Quiere vivos dormidos que no piensen. Y muertos de fiesta. Contentos por librarse de una vez y para siempre de las deudas. Dejar de trabajar para un sistema que ya no los necesita y les pide por carta (o mail) con sumo respeto, como en los chistes de El Roto, que por favor, no se olviden sonreír antes de irse, si quieren que uno de sus sangrientos selfies cuelgue junto a otros cientos de miles, en las paredes de rascacielos vacíos. Enormes edificios inundados de televisiones de plasma donde aparecen constantemente noticiarios, cifras de la bolsa y datos de la salida y llegada de aviones procedentes tanto de lugares imaginarios como reales. Torres llenas de gimnasios donde es posible aprender salsa, practicar spinning las 24 horas o masturbarse en soledad o ante la atenta mirada de una o varias señoritas y señores o un grupo mixto de ambos sexos que incluye travesties, lesbianas, feministas, masoquistas y también aficionados a la halterofilia. Bebiendo naranjas y limones exprimidos o un sandwich de lechuga y tomate. ¡Como usted lo desee! Pues también puede masturbarse, morir o nadar conduciendo, escuchando un discurso de Slavoj Zizek, formando parte de la performance de algún macarra o incluso suicidarse con la misma ropa y en la misma casa donde se cortaron las venas (o se pegaron un tiro o se tomaron unas pastillas, según su gusto) David Foster Wallace y Kurt Cobain.

Las fotografías de Heesen son corrosivas y festivas. Un pastel envenenado. Un psicólogo exigiéndole a un paciente una felación. Sonidos crecidos a la estela de los emitidos por el flautista de Hamelin. Chicles que al masticarlos, no permiten que abramos la boca. Se nos pegan como lapas cuando alcanzamos a comprender la clase de humor que gastan. Sus muertos felices, al fin y al cabo, nos dicen, retorciéndose de risa, que nos jodamos. Que ellos al fin se van. Y se sienten dichosos de hacerlo. Porque la vida, en esencia, es una mierda. Una farsa. Y los únicos muertos allí, son los vivos que los acompañan, realizando sus actividades cotidianas -maquillándose, recogiendo la basura, tomando un helado- ajenos a lo que los espera: heredar las deudas. Cuentas bancarias en negativo o en positivo, ¿qué más da?, si lo único que resta por colonizar y comprar es la región del Mictlán, el Valhala, el infierno o paraíso, el más allá o como se le quiera llamar.

Los muertos felices de Heesen ríen, gozan, se encuentran en éxtasis, alcanzando un intenso orgasmo, casi como vampiros ante el cuello de una adolescente, porque se están internando allí donde no hay -que se sepa- gasto ni compra. Atascos o bancos. Y tal vez ni siquiera haya seres humanos, lo que significa que pueden alcanzar al fin la dicha y la libertad. Entusiasmo ciertamente siniestro porque detrás del mismo, aparecen los habitantes sin rostro de los edificios vacíos, que no dudan sutilmente, entre restos de comida basura, publicidad y noticiarios, en animarnos para que nos decidamos de una vez a marcharnos al otro mundo con ellos y les dejemos disfrutar de SU planeta en paz. Perversa (aunque a estas alturas, normalizada) actitud que revela el último sentido y significado de estas fotografías: que acaso no falte tanto para que los estados y empresarios nos paguen si decidimos matarnos. Y que casi que sería deseable que tomaran cuanto antes esta medida. ¿No has visto las sonrisas de los muertos felices? Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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