Performers

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Comparto la idea de Jean Baudrillard de que las performances son una manifestación nihilista. Nacen como resultado de una negación y una rebeldía ante la falsificación y artificialidad de la vida cotidiana y no como consecuencia de un impulso vital constructivo o una afirmación creativa. Es más, creo que son una muestra de impotencia. Una herida de la que constantemente brota sangre. Una fotografía del rostro de la derrota. O al menos, de la imposibilidad de construir entre los ciudadanos occidentales un agora social donde nuestras ideas, opiniones, reflexiones sean escuchadas, debatidas y puestas en práctica.

Creo que las performances nacen del abismo abierto entre lo que sucede realmente y lo que pensamos que ocurre. La conciencia de que, por ejemplo, el telediario funciona mejor como pieza artística y metáfora de la simulación en una exhibición de arte contemporáneo que como un espacio informativo veraz y de que la sobredosis de información recibida diariamente tiene como objetivo ocultarnos la verdad y sentido de los acontecimientos que están continuamente ocurriendo. De hecho, dado el vértigo y velocidad alcanzados por el capital en nuestra época, parece ya tan difícil describir sus flujos cabalmente que, prácticamente, sólo cabe responder simbólicamente, a través de espasmos, gritos y acciones desesperadas sin un significado claro y manifiesto.

Las performances surgen como respuesta ante la manipulación. Como un grito de asfixia ante la contaminación de mensajes y dogmas cotidianos. El carrousel de propaganda habitual. Son una piedra lanzada contra un muro de hormigón sin esperanza alguna de hacer un boquete en la pared. Pues brotan del convencimiento de que, teniendo en cuenta el alto y refinado grado de manipulación alcanzado por el poder, es muy difícil que el arte transforme la realidad, posea un sentido o cambie la vida de nadie. Sí tal vez en el plano vocacional pero no, en ningún caso, en el terreno del activismo social. Al fin y al cabo, ese suicida en potencia y acto que es un performer, ese ciudadano ansioso por incinerarse junto a la realidad, está ya de vuelta de muchas cosas. Y es de suponer que es lo suficientemente lúcido como para comprender que incluso si su acto performativo consiguiera que una institución política variase su comportamiento respecto a una problemática, no serviría de mucho, dado que no combatiría ni intentaría solucionar el problema de raíz. De hecho, en los casos más afortunados, la autoridad se conformaría con realizar mínimas reformas al asunto y una foto pública con la que contrarrestar la de los denunciantes o artistas para obtener de nuevo, en la medida de lo posible, el apoyo de la “masa” de votantes y el consenso popular. Prueba de por qué es bueno y sano que el performer no tenga esperanzas. Que se contente con realizar un acto inservible e inútil y desaparecer sin pedir ni esperar nada a cambio.

El performer, sí, es un loco, un fracasado que utiliza el arte para contrarrestar el terrorismo de estado. Una paloma desguarnecida con conciencia de que actualmente todo es fake. Y acaso únicamente la publicidad -dado su nivel de perversidad- sea verdad. Ser performer es, en cierto modo, una condena. No creo que ninguno soñara con serlo durante su infancia. La mayoría de ellos se convirtieron en artistas contra su voluntad. Obligados por las circunstancias. La necesidad de rasgar con una uña rota un vidrio irrompible. Romper con una educación llena de tabúes. Y por ello, sus constantes movimientos corporales, sangrías y saltos no son más que una muestra y señal de la propia esclavitud a la que el performer constantemente alude. El encadenamiento diario lingüístico y orgánico. Esa sinrazón emotiva e intelectual que, por ejemplo, no permite pensar al ser humano más allá de la economía ni romper fronteras. Estructuras abstractas, complejas, omnímodas frente a las que el performer actúa, ofrendando con amor sus acciones a esa sociedad que no oye ni escucha y a la que pretende retratar y derribar, volviendo a caer derrotado una y otra vez.

En muchos sentidos, los performer recuerdan al artista del hambre kafkiano. Ayunan y amenazan con morir en el escenario ante la  indiferencia general y sin esperanza alguna de construir un mundo mejor. Ya que, de una manera probablemente mucho más dramática que los punks, saben que no existe el futuro. De hecho, su único activo es el presente. La conciencia de que este exacto momento como cada una de sus acciones nunca volverá a repetirse, y de que el pasado y el futuro son parte de esa perversión de la cual brotan lo tentáculos de la dominación. Las semillas del miedo y la desesperación a través de las que el capital nos obliga a comportarnos como bestias sin piedad. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

                     Nunca presumas hasta saber quién te aplaude

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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