Performers

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Comparto la idea de Jean Baudrillard de que las performances son una muestra de nihilismo. Nacen más como un no que como un sí. Como efecto de una negación y una rebeldía ante la falsificación y artificialidad de la vida cotidiana y mediática que como consecuencia de un impulso vital constructivo, una afirmación creativa, meditada y espontánea a la vez. Es más, creo en el fondo que son una muestra de impotencia. Una herida de la que constantemente brota sangre. Un rostro de la derrota. O al menos, de la imposibilidad de construir entre los ciudadanos occidentales del siglo XX y XXI hasta ahora, un agora social y político, donde nuestras ideas, opiniones, reflexiones sean escuchadas, debatidas y puestas en práctica. Creo que las performances nacen del abismo abierto entre lo que sucede realmente y lo que pensamos que ocurre. La conciencia de que por ejemplo el telediario funciona mejor como pieza artística, metáfora de la simulación, en una exhibición de arte contemporáneo, que como un espacio informativo veraz. De que la sobredosis de información recibida diariamente tiene como objetivo ocultarnos la verdad y sentido de los acontecimientos que están continuamente ocurriendo. Y de que, dado el vértigo y velocidad alcanzados por el capital en nuestra época, ya es absolutamente imposible describir sus flujos con palabras o cabalmente, de tal modo que sólo cabe responder simbólicamente, a través de espasmos, gritos y acciones desesperadas cuyo sentido y significado únicamente buscan respuesta en lo cielos.

Las performances surgen como respuesta ante la manipulación. Como un grito de asfixia ante la contaminación de mensajes y dogmas cotidianos. El carrousel de propaganda habitual. Son una piedra lanzada contra un muro de hormigón sin esperanza alguna de hacer un boquete en la pared cuyo fin es insistir en el fracaso. Pues brotan desde la imposibilidad. El convencimiento de que, teniendo en cuenta el alto y refinado grado de manipulación alcanzado por el poder, es muy difícil que el arte transforme la realidad, posea ya un sentido o cambie la vida de nadie. Sí tal vez en el plano vocacional pero no en ningún caso, en el terreno del activismo social. Pues ese suicida en potencia y acto que es un performer, ese ciudadano ansioso por incinerarse junto a la realidad, está ya de vuelta de muchas cosas. Y es lo suficientemente lúcido como para comprender que incluso si su acto performativo consiguiera que una institución política variase su comportamiento respecto a una problemática, su actuación no acabaría con ella. Pues en esencia, no abordaría ni atacaría el problema de raíz, conformándose en los casos más afortunados con realizar mínimas reformas al asunto y una foto pública de este superficial maquillaje social, a modo de performance (o prueba performática) con la que contrarrestar la de los denunciantes o artistas. Calmarlos y soliviantarlos obteniendo de nuevo en la medida de lo posible, el apoyo de la “masa” de votantes y el consenso popular. Prueba de porqué es bueno y sano que el performer no tenga esperanzas. Que se contente con realizar un acto inservible e inútil y desaparecer. Se incinere diariamente en las cimas de las montaña sin pedir ni esperar nada a cambio.

El performer, sí, es un loco, un fracasado, que utiliza el arte para contrarrestar el terrorismo de estado. Una paloma desguarnecida con conciencia de que actualmente todo es fake. Y acaso únicamente, la publicidad -dado su nivel de perversidad- sea verdad. Ser performer es en cierto modo una condena. Ningún artista quiso o soñó con serlo durante su infancia. El capitalismo no premia ni recompensa a sus muertos. La mayoría de ellos se vieron obligados a ello contra su voluntad. Como quien debe ser ejecutado por un verdugo en la vía pública. Obligado y requerido por las circunstancias. La necesidad de rasgar con una uña rota un vidrio irrompible. Romper con una educación a la que a un tabú le sigue otro tabú y otro. Ejecutando, diagramando miradas, operaciones, movimientos corporales, sangrías, saltos que aparentemente son una liberación momentánea, cuando en realidad no son más que una muestra y señal de la propia esclavitud a la que el performer constantemente alude. El encadenamiento diario lingüístico y orgánico. Esa sinrazón emotiva e intelectual que por ejemplo no permite pensar al ser humano más allá de la economía ni romper fronteras. Estructuras abstractas, complejas, omnímodas. Violaciones espirituales frente a las que el performer actúa. Ofrendando con amor, sus acciones (y la incompresión que éstas generan) a esa sociedad que no oye ni escucha y a la que pretende retratar y derribar, volviendo a caer derrotado una y otra vez. En todas las ocasiones en que como el artista de hambre kafkiano se niega a introducir un alimento en su estómago y ahonda en la posibilidad de autodestruirse. Extender el ayuno. Y morir en el escenario (o jaula) enterrado por la indiferencia, sin esperanza de construir un mundo mejor. Ya que, a su manera probablemente mucho más dramática que los punks, los performers saben que no existe el futuro. De hecho, su único activo es el presente. La conciencia de que este exacto momento como cada una de sus acciones nunca volverá a repetirse. De que el pasado y el futuro son fruto de esa perversión de la cual brotan los tentáculos de la dominación. Las semillas del miedo y la desesperación a través de las que el capital nos obliga a comportarnos como bestias sin piedad. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

                     Nunca presumas hasta saber quién te aplaude

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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