Piratas invisibles

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Durante los próximos meses, apenas me referiré a Los puercosen Avería. Voy a centrarme en otro proyecto del que únicamente hablaré por alusiones aunque lógicamente iré dando cuenta del proceso en esta jaula de pollos ideal para estrujar mentes. Necesito ese respiro también para, una vez que ya más o menos he levantado los mimbres de la tercera parte de latrilogía del horror y tras finalizar Ruido, volver mucho más fresco a una novela en la que necesito estar totalmente concentrado y con el mayor número de fuerzas posibles si quiero conseguir encauzarla y llevarla al terreno adecuado. Lograr que sea el culmen, el final adecuado de un proceso, un viaje interno exhaustivo y en cierto sentido aterrador que estoy realizando por nuestra sociedad contemporánea. Si Martillo fue un libro liberador, un juego catártico que me hizo reír y disfrutar, Los puercos es una novela áspera, difícil y aguda que forjo a partir de la angustia. Por lo que es necesario descansar si no quiero enloquecer o caer en peligrosos agujeros. Y es difícil hacerlo sin reposo, tranquilidad, pausas.

Eso sí. Por supuesto que me gustaría despedirme de Los puercos hasta otro momento de la mejor manera posible. Refiriéndome a lienzos como los maravillosos Wonders of nature o Le blanc seing de René Magritte que de alguna manera me recuerdan a algunas de las páginas finales de Ruido y el lugar donde se desarrolla Los puercos. Un cruel, maldito espacio imaginario donde no existe humanidad y todos los vicios y porquerías son posibles. Aparecen piratas que descienden de barcos invisibles y luchan contra jardineros invencibles cuyas risas se extienden por las praderas conforme devoran niños y más niños, animales extraños cuyos lamentos míticos estremecen de miedo a las madres que duermen solas en las aldeas, muchachas fantasmagóricas que bailan ballet frente a poetas demasiado preocupados porque su traje no se manche, y damiselas que aparecen y desaparecen en los bosques, entre el tronco de los árboles, como si fueran los versos de un poema surreal leído en el principio y fin del mundo; entre los hielos de los árticos y el lodo de los volcanes. Frente a una esfinge que vocifera en un extraño lenguaje y araña la piel de hombres desnudos por más que éstos besan sus pies y se esmeran en cumplir sus órdenes.

He de reconocer que, aun considerándolo un maestro, los lienzos de René Magritte no me golpean emocionalmente ahora como lo hicieron durante mi primera juventud cuando me sentí absolutamente fascinado por ellos hasta el punto de que casi destrozo de tanto usarlo, un libro consagrado a su arte que solía llevarme a la playa mirando las fotografías y el mar intermitentemente jugando a imaginar, delirar. Porque en aquellas insólitas creaciones no sólo, en mi opinión, se vinculaban dos mundos, el del día y la noche, sino múltiples. Todos lo imaginables y los inimaginables. E internamente, entendía que cuanto más las mirara y absorbiera sus sugerentes variaciones, más me sentiría capaz cuando llegara el momento, de poder escribir todo aquello que me viniera a la cabeza. Sin importar que fueran delirios y sueños o universos insólitos y en apariencia irreconciliables. Han pasado los años y si bien apenas me acordaba ya de mi viejo amigo belga, me encontré ayer por azar ante mí algunos de sus lienzos y de alguna manera, he sentido que el diálogo con ellos, a pesar del tiempo, no se había interrumpido. Continuaba existiendo hasta el punto de que algunas de las idea plasmadas allí de una u otra manera estaban influyendo en Los puercos. Haciendo su trabajo de demolición, como gritaba Fernando Alfaro, en una de las mejores canciones de esa tormentosa apisonadora que es Los diarios del petróleo. Un disco que es turbinas y aceite y también dolor y prisa y aullidos donde el compositor de Albacete reflejó la mente de un neurótico como muy pocas otras personas lo han hecho. Con la rabia de quien no podrá escapar jamás a sus pesadillas y vivirá eternamente acosado por la frustración.

Curiosamente, termino de escribir estos párrafos conforme voy conociendo los detalles referidos al internamiento del maestro Sergio Pitol de urgencia en un hospital. Pero lamentablemente, no sólo puedo preocuparme por su salud. Hay toda una serie de víboras que quieren aprovecharse de su cadáver o su alma planeando cerca suyo que enturbian aun más momentos así. Pero en suma justifican también mucho más la existencia de un libro como Los puercos donde intento reflejar la mezquindad y el horror del alma humana al extremo. Me proporcionan más madera, yesca molida, para cuando vuelva a esa novela que no será hasta que hayan transcurrido unos meses. Lamentablemente, Los puercos, sí, no es un delirio ni una locura. Es la más exacta realidad. Sólo hace falta mirar en torno nuestra para advertir que no de otra manera podía concluir la trilogía del horror. Y que si el arte existe y su misión es liberar el alma humana, es porque puede describir sin ninguna piedad y con absoluta radicalidad, situaciones y abominables seres como los que por ejemplo se apiñan ahora en torno al maestro Pitol utilizando todas sus estrategias y artimañas de propaganda y seducción para sus intereses. Algo que por otra parte tampoco hay que magnificar pues sin dudas este hecho como tantos otros, no es más que un juego de niños -y sólo hay que remontarnos a los recientes atentados (o autoatentados) de París o el suicidio (o asesinato) del Fiscal del Caso AMIA/DAIA en Argentina, Alberto Nisman, para corroborarlo- si lo comparamos con otros muchos.

¿Cómo es que decía la letra de aquel tango llamado Cambalache no por casualidad inmortal? “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros maquiavelos y amargaos, valores y duble. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcados en un merengue y en un mismo lodo todos manoseados. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador. Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao”. En fin. ¿Es necesario añadir algo más? Pues eso. Puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos, puercos. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

El amor y la tos no pueden ocultarse

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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