Señores lésbicos

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Según parece, los lienzos femeninos de Paul Delvaux nacieron de un trauma amoroso: de un matrimonio fallido y de su difícil relación con las mujeres en general. Pero como los grandes artistas consiguió que su frustrante experiencia personal tuviera validez universal. O al menos, sirviera para describir la relación de la burguesía europea con el eros durante el siglo XX. Esquiva y difícil, por lo que se puede comprobar. Pues los señores retratados por Delvaux parecen psicoanalistas perversos. Retrógrados narcisistas. Retorcidos guardianes del orden. Abogados kafkianos que, aun teniendo enfrente suya el cuerpo desnudo de una mujer, encuentran tantas dificultades para acariciarlo como los desvalidos héroes de El proceso y El castillo para acceder a la fortaleza o esquivar el ojo ciego de la ley.  Una prueba de lo que ha hecho Occidente con el erotismo: o bien aislarlo e ignorarlo o bien convertirlo en sexo extremo y pornografía que es, en cierto modo, una manera de substraerle la belleza y su carácter revolucionario y embriagador.

Los hombres de Delvaux son psicóticos. Retorcidos. Exterminadores. Y anuncian tanto Auschwitz como la facilidad con la que el consumo y las relaciones de compra/venta se instalaron en Europa. Les importa el beneficio. Su traje. Las clases que impartirán. Y reprimen constantemente sus sentimientos. Convirtiendo el paraíso en cárcel. Un castillo de ciencia y dinero donde los seductores cuerpos son transformados en sombras. Recovecos cerrados cuya desnudez no es tanto una invitación al cortejo sino una manera de protegerse del hedor, el malévolo carácter social y pactar con las fuerzas opresoras.

Por ello, más allá de su impostado exotismo, las bellas mujeres retratadas por Delvaux no exhuman carnalidad. Son rígidas y severas a pesar de la diversidad y aparente espontaneidad de sus gestos. Se encuentran alerta. Desconfiadas. Son un ejército más que una tribu.  Pertenecen a un convento donde es lo mismo portar los hábitos que no hacerlo. Y utilizan el sexo no tanto como un medio de conocimiento, exaltación o placer sino como una llave de poder. Un modo de substraer fuerza al Estado. Pues su unión no es tanto por amor como por supervivencia. Una forma autoritaria de reivindicar su derecho a la vida. Sus actitudes, además, tienen mucho de fantasmagóricas. Probablemente, porque una parte íntima y esencial de su ser se halla destruida. Cohibida o enterrada. Forma parte del paisaje mental masculino. Pertenece a esos abstrusos señores que casi prefieren verlas besarse y amarse entre ellas que participar de la consagración de las almas. Están, en definitiva, por más que caminen agrupadas, solas. Son almas solitarias recorriendo un purgatorio en riesgo de ser raptadas por la melancolía y la oscuridad. El cuervo que picotea su corazón y las aguarda, escondido, en las ramas de siniestros árboles. Modernos paisajes por los que desfilan como si fueran aparecidas. De hecho, parecen temerosos espíritus. Almas cuya belleza es una invitación a la fuga. Al recogimiento y a la huida. Pájaros buscando nidos y ramas que no se quiebren donde estar a salvo de la mirada de vivos y muertos.

Pocos artistas como Delvaux fueron capaces de retratar líricamente el nihilismo amoroso. El ocaso del clasicismo. El mundo subterráneo que latía en las sonatas narrativas de Arthur Schnitzler y, más tarde, en esas sinfonías del despojo y abatimiento que son los frescos de Robert Musil. Delvaux, sí, captó en imágenes el destructivo vuelo de la cultura francesa. Esa tierra desolada por la razón y la técnica que cambió a la virgen por la plebeya en su santoral revolucionario, dejando de lado la espiritualidad. Construyendo esa perversa ideología escondida tras ciertas vanguardias e ismos de la que Delvaux bebió para describir la incomunicación sexual. Pintar oníricamente la femineidad atrapada y la masculinidad retraída, llena de traumas y complejos sin resolver. Ese mundo de señores lésbicos y mujeres vigilantes, encerradas en sus propios círculos lunáticos sin ansia maternal.

Delvaux pinta la castración (simbólica) de la civilización occidental. Esa misma que sufrió él personalmente. Y por ello, en sus lienzos no hay compasión. No existe la empatía. Y el movimiento predomina. Básicamente, porque todos los personajes, de un modo u otro, desean huir. Las almas se asemejan a esos paisajes donde luna y sol se confunden no tanto, como en Magritte o los versos de los prosélitos de André Breton, para iluminar conciencias, descubrir nuevos límites y fronteras sino para opacar, oscurecer los ya conocidos, mostrando sus diabólicos rasgos.

Delvaux, en definitiva, utilizó el surrealismo para esclarecer los contornos del sombrío palacio burgués. La inmensa casa de campo repleta de lobos y mujeres espantadas, desbordada por el silencio y la incomunicación. Mostrando que el orgasmo y los besos no son tanto a veces una manera de alcanzar el éxtasis y la comunión sino de evitar la destrucción. Luchar contra la desaparición. De que ciertas perversiones son murmullos, plegarias escondidas, melancólicas formas de no extinguirse en las brumas. Y de que el decadentismo era un rezo desesperado por separar a dios de la iglesia y llenar de ángeles, miseria y compasión la tierra. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

No contar pollos antes de que nazcan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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