Si logo

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Hace una semana, pasé bastante tiempo observando la pintura de Charris para realizar un texto sobre su fascinante obra. Y uno de sus lienzos en concreto, Globalización, ha continuado girando en mi cerebro. Básicamente, porque puedo estar equivocado pero creo que apunta a un hecho que a nadie sumergido en los procesos culturales actuales debe haberle pasado desapercibido: Baudrillard, Zizek, Deleuze, Derridá, Barthes, Foucault y Lacan son marcas. No muy distintas de Ford, Nestle, Mercedes o Adidas. Pero en este caso, no son garantía de acabados elegantes, ropa útil o alimentación sana. Lo son de respetabilidad. De credibilidad intelectual. Basta citarlos para que una tesis o un artículo pase a “otro plano”. Del periódico al libro. De la calle a la Universidad. Y de ahí al “posible” canon. La antología. Como es suficiente con que alguien vista un jersey de cuello alto y posea un libro de Lacan abierto en su despacho, para transmitir “poder” intelectual.  Algo ya sabido, sí, -recuerdo ahora entre muchos otros libros, La fea burguesía de Miguel Espinosa- pero que es necesario recordar de tanto en tanto. Básicamente, porque hoy se sobrevive o bien bajo la sombra de estas marcas o bien atacándolas. Pero siempre citándolas. Como ocurría con el libro de Naomi klein, No logo, que más allá de su posicionamiento ético “noble” y “correcto”, -entiéndanse estas comillas como se desee- nombraba una y otra vez a lo largo de las cientos de páginas del libro las marcas y corporaciones que deseaba combatir. Lo que en cierto modo, creo que provocaba el efecto contrario del que apostaba por conseguir: las fortalecía. De hecho, pronto comenzaron a surgir camisetas con el logo No logo. Porque las marcas como los grandes equipos necesitan rivales. Enemigos fuertes. O crearlos. Para así, poder destacar. Ser visualizadas. Poder escuchar las opiniones contrarias. Y al poco tiempo, plegarse en sí mismas y, según los dictados del capital, volver a expandirse. Algo lógico. Porque los seres humanos necesitamos comer y las marcas -a cambio de la esclavización- proporcionan alimento. Trabajar para ellas -no importa donde sea y en qué condiciones- asegura el sustento. Una pieza de pan en la boca. Como citar a Lacan o Deleuze, confirma la plaza universitaria. El buen nivel del trabajo o la tesis sin importar realmente el contenido o de qué hable elpaper. Circunstancia que nos informa con claridad de que la globalización es básicamente colonización. Manipulación del extrarradio, el consciente y el inconsciente. Y de que el logo de una marca en la camiseta de una persona o en la acera de una ciudad es parecida al sello de pertenencia grabado en la piel y lomo de una oveja o un cerdo dentro de una granja. Es básicamente un “no te escaparás”, “ya eres mío”, “me perteneces”.

En realidad, una marca abole diálogos. Los cierra. Porque básicamente busca imponerse. Aunque por lo general tengan directores de “comunicación” y un buzón abierto para escuchar propuestas o sugerencias. A Zizek se le homenajea y se le cita o directamente se le niega. Pero no se dialoga con él. Como con Deleuze. Porque para poder hacerlo, hay que tener una formación que supera la de cualquier ciudadano común o incluso universitario. Y, sobre todo, una voluntad superior teniendo en cuenta las decenas de rendijas culturales que habría que abrir simplemente para comenzar a promover, inaugurar este debate. Actualmente, se compra un libro de Zizek. Se aprovechan algunas de sus ideas para un artículo o un texto y punto. Ahí termina todo. Porque la marca es el castillo de Kafka. Una lejana fortificación que sella nuestras vidas sin permitirnos acceder a sus salones. El mago de Oz del mundo contemporáneo. Un enigma resuelto por otra persona que se encarga de marcar al resto el camino correcto. De hecho, casi que los textos de Derridá, Zizek o Derridá se adquieren por obligación. Imperativo religioso intelectual. Pues por lo general, no se disfruta con su lectura. Y nos vemos obligados a acatarla. Algo que no sucede con libros de otros siglos (y autores menores que no son marcas), donde sí que hay una experiencia “real” de lectura. Un intento de compartir miradas, vivir una experiencia presente, pudiendo desvincularse de sus visiones sin excesivos problemas. O integrándolas a un acerbo cultural. Tal vez porque cuando ponemos la vista en el pasado, -siempre y cuando no sea un “clásico”; otra marca- buscamos un nombre. Una persona. Y ni Casanova, ni Rosseau, ni Thomas Hobbes ni Daniel Defoe son marcas. Son autores. Repito, nombres. Como todavía ocurría con los primeros pintores surrealistas que nos invitaban a contemplar cada lienzo como un “ente” individual, pudiendo disfrutarlo o rechazarlo independientemente de que fuera de Magritte, Dalí o Delvaux. Algo que, con el tiempo, el propio Dalí por ejemplo buscó abolir pues para él era mucho más beneficioso -como para Picasso o Miró- convertir su nombre en marca, ya que de alguna manera, la marca acaba con la crítica. Impone la aceptación. Y es mucho más fácil de exportar. Pues al contrario que un nombre, que implica diálogo, reflexión y una serie de razonamientos que pueden provocar que se rechace la obra leída o contemplada en base a uno u otro argumento (consistente o no), a la marca no podemos traspasarla con nuestra visión. Porque la marca imprime valores. O más bien, es el valor en sí mismo. Un intangible de naturaleza casi divina. Y en definitiva, una bomba de dominación y paralización social, ideal para los gestores culturales neoliberales.

Hace años, recuerdo haber ido a contemplar en la Sala Verónicas de la ciudad de Murcia, una obra dentro del experimento Dominó Caníbal. La idea básicamente consistía en que varios artistas a lo largo de los meses se apropiaban, destruían o reconstruían de lo realizado anteriormente por su coetáneos. Se les invitaba así a interactuar y reflexionar sobre el canibalismo, consumismo,etc. Vi la primera instalación o acción de Jimmie Durham y me quedé pálido. No voy a entrar a referir la trayectoria del artista norteamericano de un prestigio probablemente indudable, sino a incidir en que su propuesta no me transmitió un ápice de emoción ni a mí ni a mis acompañantes. En un momento dado, alguien dijo “pero bueno es Jimmie Durham. Y Jimmie Durham ha estado en Murcia” y con esta frase se zanjó todo el debate (que nunca llegó a comenzar). Realmente, a nadie nos importaba lo que habíamos visto puesto que no nos había cautivado. Con lo que, finalmente, para no irnos de allí decepcionados camino al infierno, memorizamos que habíamos estado frente a un “Jimmie Durham”. Es decir, una marca construida por la pintura contemporánea procedente de un país experto y sumamente profesional en la exportación de productos. Pura dictadura global.

En fin. Revisando estos días algún texto sobre aquel Dominó Caníbal, me encuentro con una noticia sobre la Bienal celebrada por esos años en aquella ciudad: “Murcia YA tiene Bienal”, señala la nota del periódico. Una frase que podría ser intercambiable por Murcia ya tiene AVE. Y que en realidad, ni nos informa ni dice absolutamente nada sobre las reflexiones que las obras contenidas allí, podrían propiciar. Que sospecho que no fueron muchas. Porque en este caso, lo importante era la Bienal. No el contenido. Como ocurría en el caso de Murray y continúa sucediendo con gran parte de los libros de Foucault, Lacan o Deleuze que se han convertido básicamente en fuente inagotable de citas, el Larousse de los Congresos, y no de diálogo o reflexión por un “ara social” más vivo y justo. Transformándose finalmente en barreras neoliberales para enjaular a los ciudadanos e intelectuales sin permitirles realmente actuar en su sociedad, imitando el comportamiento de esas otras marcas -los partidos políticos y los equipos de fútbol- creadas para impedir el autogobierno ciudadano. O más bien, exterminarlo. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Rotas las raíces del loto, siguen unidas sus fibras

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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