Sodoma

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Sodoma no era una ciudad osada por las perversiones y vicios que se producían, a la vista de todos, entre sus murallas. Lo era porque esos actos sexuales realizados con alevosía se encontraban prohibidos. Sodoma es una ciudad maldita porque transgrede. Porque desafía la ley y a dios y no tanto por el desenfreno de sus gentes. Debe, por tanto, su leyenda a su rebeldía y no a la afición de sus habitantes por el sexo público y extremo, el pillaje, la fechoría y la prostitución. El éxito de la legendaria exhibición de fotografías pornográficas, lencería y arte llevada a cabo durante 1976 por el colectivo COUM Transmission (formado entre otros, por Genesis P-Orridge, Cosey Fanni tutti, Peter Christopherson o Chris Carter) en el Institute of Contemporary Arts de Londres tiene mucho que ver con las razones que han mantenido viva a Sodoma viva en la memoria occidental. A pesar de que diversos artistas lo habían insinuado y que la pintura y la escultura estaban desde hace décadas bordeando el límite que separa erotismo, belleza y pornografía, no fue hasta que este grupo de terroristas entró en las instituciones que el arte se transformó definitivamente en un “acontecimiento” sucio. Y el sexo pasó de ser un hecho natural a cultural. A ser deconstruido y derruido en una ingestión de canibalismo brutal, casi criminal, que era un atentado contra la familia, la religión y el orden establecido. Una desagradable orgía de excremento que convirtió los tabloides artísticos durante unos años en un tremendo corte de mangas.

Las performances, actuaciones, fotografías que formaban parte de Prostitution  no han sido tan comentadas como el urinario de Duchamp.  No ocupan un lugar tan destacado en la historia del arte. Ya sea por incapacidad o genialidad, el visionario francés demostró que el arte era una pantomina. Mera reproducción. Y que había perdido  su “aura” especial y sentido tradicional en la era industrial. Su urinario destrozó los cánones y reveló, mucho antes de que lo hicieran las performances, que el arte moderno surgía de la impotencia porque básicamente ya era únicamente negocio o sostén del orden político predominante. Prostitution no llegó a hacer temblar los templos artísticos como lo logró Duchamp. COUM Transmissions no eran tan diabólicamente cínicos como el gran fingidor de la historia reciente del arte. Más bien, eran guerreros, luchadores tecnológicos. Libertarios sexuales. Pero la exposición tiene su trascendencia. Pues fue la puerta definitiva a la era punk. Un elogio del erupto. La venganza del anarquismo ácrata contra la burguesía. De los feos y excluidos contra las clases selectas. A esas alturas, tras décadas de surrealismo y dadaísmo y varios años de situacionismo, no era demasiado necesario insistir en que el sistema capitalista funcionaba como un burdel a gran escala. O recordar la necesidad de prostituirse para vivir en una sociedad occidental. Todo esto era ya evidente. La importancia de Prostitution radica, por tanto, en que no fue una exhibición conceptual. No atacaba al intelecto sino el instinto. Varios porteros travestidos recibían a los asistentes, había unos cuantos tampax por allí y por allá, intensas actuaciones repletas de ruido, escenografía sadomasoquista y fotografías que se regodeaban en el vicio. Y directamente, atentaban contra el espectador común de arte. Trituraban los prejuicios, haciendo del escupitajo un nuevo fetiche cultural y de unas bragas sucias, la nueva Mona Lisa. Demostrando que el problema del arte contemporáneo no era tanto ya su popularización, perdida de prestigio o el que hubiera pasado a las manos de los individuos comunes. Sino que el pueblo todavía no se había manifestado, no se había expresado con la rotundidad debida. Aún no había hablado ni había producido las bombas artísticas necesarias para crear un golpe de efecto que pusiera en sus manos el destino.

Tal vez no fuera Prostitution la primera meada echada por los pobres, desheredados y excluidos en los circuitos de arte elitista. Pero sí fue una muy notable, amplia y alargada. De esas que dejan un charco en el suelo donde los perros pueden beber. Al fin y al cabo, no fue una búsqueda de respeto. No fue una pedida de mano. Fue directamente, un sabotaje. Y obviamente, la exhibición fue un escándalo social. No tanto por lo mostrado sino, repito, porque hasta entonces, era prácticamente impensable acciones de este tipo a pesar de la susodicha libertad del mundo artístico. En realidad, COUM Transmissions actuaron como criminales. Asaltaron un espacio cultural prestigioso y lo demolieron. Convirtieron una catedral en una caverna de barro llena de gente masturbándose. Fueron, en definitiva, pioneros. Y si bien he de reconocer que muchos de los artistas que se han inspirado en su ejemplo, no son más que mera propaganda. Comercio al uso sin intensidad alguna. A ellos es difícil no valorarlos. Pues se atrevieron a desoír la ley, fueron atrevidos y osados y abordaron un espacio hasta entonces infranqueable. Su exhibición fue realmente peligrosa y tormentosa. Tanto que, de haber llegado a los oídos de Yahveh, no tengo dudas de que el dios hebreo la hubiera arrancado de la faz de la tierra con la misma fuerza que siglos antes había acabado con Sodoma. Shalam

إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

No es bello lo que es caro, sino caro lo que es bello

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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