Takato Yamamoto: éxtasis y horror

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Me atrevería a afirmar que, a excepción de aquellos que han llevado a cabo procesos de sanación profundos, la mayoría de los seres humanos vivimos apegados y esclavizados a nuestros deseos. La fuerza motora de nuestra vida es desear y si es posible, hacerlo con la máxima intensidad pues mientras caminamos en busca y captura del objeto que ansiamos, creemos poder erradicar nuestra angustia. Sin embargo, una vez conseguido aquello que anhelábamos, lo más probable es que volvamos al estado de desasosiego habitual puesto que lo deseado no es más que una anestesia que raramente puede disolver nuestra angustia existencial.

¿Por qué esta necesidad constante de desear? Bajo mi punto de mi vista, se debe a nuestra incapacidad de aceptar que vamos a morir. Los grandes sabios sugieren que la muerte no existe puesto que el alma se encuentra en constante transformación pero, debido a que se siente en peligro de disolución, para nuestro pequeño “yo” estas verdades resultan muy difíciles de aceptar. Por lo que tendemos a acrecentar nuestro ego. Lo que, traducido a términos espirituales, viene a significar que nos resistimos a dejarnos ir. O en otras palabras, que aspiramos a la inmortalidad. No es que deseemos dejar lecciones, ejemplos o huellas de nuestro paso por el mundo a nuestros descendientes sino que nos adoren como si fuéramos dioses y para ello no dudaremos en utilizar las tretas que haga falta y vampirizar a quien (o lo) que tengamos delante.

En gran medida, la figura del vampiro alude a este hecho: a que no aceptamos morir y estamos atados por nuestros deseos. Lo que nos convierte en monstruos nocturnos que temen al sol -la iluminación y la conciencia-, se aferran a la vida desesperadamente y, por tanto, levantan los cimientos de una cultura muerta. Un mundo cegado y egoísta que embrutece y entristece y es un semillero de continuas neurosis.

Precisamente lo que me fascina de las ilustraciones y dibujos de Takato Yamamoto es la sinceridad con la que retrata las consecuencias de este desorden de la conciencia. La mirada tan límpida con la que dibuja muchachas atrapadas por su deseo. Mórbidas adolescentes a las que no les importa perder el alma por un poco de placer. Jóvenes violentas y violentadas que son símbolo de su época. Aluden al proceso de despersonalización que la modernidad (y su temible e interesado ataque de las fuerzas tradicionales) ha traído consigo.

En las obras de Yamamoto es posible percibir con enorme crudeza, los estragos que la occidentalización ha causado en Japón. Sí. Sé que este hecho ha sido descrito por muchos autores nipones. Tanto en las películas de Yasujiro Ozu, Masaki Kobayashi y Akira Kurosawa como en decenas de cómics manga y novelas es un tema muy presente. El choque entre tradición y modernidad en el país del sol naciente obligó a los artistas del siglo XX a ofrecer su visión sobre este asunto. No les permitió ser indiferentes. Y en este sentido, la respuesta de Yamamoto es brutal. Bestial. Un puñal en el ojo de la bestia. Un amasijo de grietas que resquebrajan el yeso de la armazón de una casa. Puesto que con frialdad y cierta complacencia, sin piedad y un asombroso desparpajo, se dedica a describir a los jóvenes neuróticos y esquizofrénicos que le rodean. Envolviéndolos en paisajes oníricos que beben tanto de los mitos y leyendas de su país como de los lienzos simbolistas y las ideas decadentes desarrolladas a finales del siglo XIX en el París de Baudelaire.

Hay quienes sugieren que las adolescentes aquí descritas disfrutan de sus perversiones, perderse en el naufragio y verse abatidas por la tempestad. No lo tengo tan claro. Creo que el que realmente goza al retratarlos -ya sea porque esto le suponga un acto de catarsis como de alivio- es, sí, Yamanoto. ¿Se solazan ellas adentrándose en el abismo? Ummm… Creo que su felicidad al ser devoradas por sus obsesiones nace realmente de su inconsciencia; de su incapacidad para distinguir por qué actúan cómo lo hacen. De hecho, no estoy seguro de que, ya sea en primera o en última instancia, no terminen por reconocer la realidad y circunstancias a las que sus anclajes psicóticos les han conducido. Creo, eso sí, que ante la falta de soluciones y sentidos, frente a la soledad y la robotización, la incomunicación y el mercantilismo, se complacen al disolver su espíritu en la oscuridad. Dejándose llevar por las sucias aguas de la molicie, el espanto y el dolor sin oponer prácticamente resistencia. Y que la fatalidad de su gesto es tal vez la mejor de las maneras de mostrar su repulsión a una sociedad impura, estéril, únicamente interesada en el crecimiento económico.

Existe por ello, un goce cruento en sus gestos. Una ilusión y esperanza de venganza en ellos. A la decadencia se la vence con más decadencia, parecen decirnos, antes de perecer, cautivas de su orgullo, en los abismos. En las tinieblas de un mundo en el que la inocencia se pierde nada más nacer y el tiempo es una postal o un fotograma de cine. Obviamente, la sexualidad descrita por Yamonoto es patológica. Puesto que es más sensual cuanto más próxima se encuentra al horror. Siendo, por tanto, retrato de un violento un territorio de sombras en el que los príncipes no se demoran en exceso para transformarse en monstruos.

En realidad, los espejos deformantes de Yamonoto no retuercen las imágenes sino que las ajustan. Ya sea de perfil o de frente, dibujan con firmeza los rasgos del rostro del capitalismo tardío. Un mundo absolutamente devastado sin necesidad de que haya habido un escape nuclear, en el que no resta mucho para que comiencen a aparecer mutantes  o perros y gatos que hablen. Un Universo de plástico en el que son más confiables los muñecos o las imágenes de la televisión que las personas. Pues la “realidad” se ha convertido en un simulacro de la vida. Una pesadilla fosforescente que invita a los seres humanos a quedarse en la infancia, dejándolos desprotegidos ante los Monstruos del capital. Esos lobos que se introducen debajo del manto rojo de Caperucita. Apretando muy fuerte sus senos y clítoris, y desplazando su lengua por los sexos abiertos de jóvenes vírgenes que no tendrán más experiencia del amor que este horrible sucedáneo.

Hoy mismo, terminaba de ver Guilty of Romance de Sion Sono y es inevitable no realizar una comparación entre el horror descrito en el film y los dibujos de Yamomoto. Un signo más de que la sombría realidad descrita por ambos es tan cotidiana en Japón que ya sólo queda preguntarse hasta qué límite de putrefacción llegará. Y si existe alguien para el que esta catástrofe tenga importancia. Si es posible que, de masturbación en masturbación, alguna persona se atreva a preguntarse por lo que es el amor. Un asunto que ha terminado por ser patrimonio de poetas o solitarios, líneas sucias de viejos manuscritos o cantares de gesta pues la mayoría de los componentes de la sociedad nos hemos convertido en fríos autómatas. Hemos conseguido, tal y como reflejan perfectamente los inmensos retratos de Yamomoto, que aquel viejo tema de Golpes Bajos, “La fiesta de los maniquíes” tenga ahora más relevancia que nunca. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

 Es mejor encender una luz que maldecir la oscuridad

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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