Tentaciones

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Es difícil encontrar un episodio místico mayor número de veces representado pictóricamente que las tentaciones de San Antonio más allá de la crucifixión y resurrección de Cristo o diversos capítulos bíblicos. Pienso ahora en el martirio de San Sebastián o en la vida de San Francisco de Asís y -aunque seguro que los hay- no se me ocurren muchos más.

A San Antonio, un monje egipcio nacido en el siglo III que conocemos por el relato de San Atanasio, se lo considera un precursor de la vida ascética y mística. Su retiro se compara con el de Cristo al desierto y el realizado por muchos de los grandes iluminados de la historia. Es por tanto uno de los grandes profetas de la vida solitaria. Un exterminador de la concupiscencia y la lujuria, enemigo de la relajación y los placeres mundanos, que hay quienes consideran fundador de la filosofía monacal. Aunque más bien es un solemne ermitaño que renuncia a la materia y se intenta fundir con su voto de silencio y castidad con la divinidad por severos motivos personales e íntimos. Un reto realmente exigente que lo enfrentó con todo tipo de demonios que, según parece, lo sometieron a un sinfín de tentaciones y puso simbólicamente en jaque el vilipendioso orgullo de una iglesia cristiana que, tras aliarse con el imperio romano, se había convertido en un arma política más que religiosa. Un nido de víboras conspirativas siempre cerca del poder.

Existen tantas representaciones y tan diferentes de su sacrificio que realmente cuesta elegir las más significativas de todas ellas. Cada una obviamente representa y pone de manifiesto muchos de los valores de la época en la que fue creada. En cualquier caso, desde luego que no es hoy de mi interés realizar un exhaustivo repaso de la gran mayoría (¡dejémosle esa tarea a los académicos!) sino más bien llevar a cabo unas mínimas reflexiones personales e impresionistas sobre algunas de las que me parecen más sugestivas entre las que no se cuenta por cierto la realizada por Salvador Dalí. Demasiado simplista en mi opinión para un artista tan alucinógeno y simbólico como el catalán al que no obstante admiro.

Ahí las dejo:

                                                         Tentaciones

1) Matthias Grünewald es un trágico. Por eso su retrato de San Antonio es un drama. Una explosión bucólica de colores tristes y encarnados que convierten el retiro del monje egipcio en una batalla rabelesiana contra los demonios. Grünewald es exagerado y su lienzo más que un combate espiritual describe subjetivamente un combate físico contra los placeres carnales. La voracidad del hambre y el frenesí sexual. La obra se encuentra a medio camino del Gótico y el Renacimento y es profundamente moderna. Porque refleja esa Edad Media llena de barro, enfermedades y concupiscencia que tanto nos interesa actualmente. Y en esencia, es un banquete melancólico y caótico que más que una escena exterior describe una vivencia interior. El desorden y ruido contra los que se enfrentan los santos cotidianamente y la decadencia que precede a la muerte del eros.

2) El famoso tríptico del Bosco sobre San Antonio es  un mapa. Una cartografía del inconsciente del planeta. Un retrato de nuestro mundo al revés. ¿Quién sabe lo que pinta El Bosco? Tal vez el paraíso, el infierno o un lejano planeta. Pero no importa. Porque su visión de un mundo imaginario que describe paradójicamente con absoluta firedignidad la tormentosa Edad Media. El karma de una época sometida a supercherías y creencias sobrenaturales en la que cualquier enfermedad provocaba el pánico colectivo y podía ser considerada demoníaca. Producto de la posesión diabólica que se extendía por un mundo natural sin ley donde castillos y iglesias más que baluartes defensivos eran centros de pecado.

El Bosco radiografía una época evitando ser fiel a la realidad. Y aprovecha el conocido pasaje de las tentaciones sufridas por el santo para explorar la sinrazón. Porque en este caso, San Antonio no es tanto un héroe por su carácter religioso sino por su oposición y negación de la locura universal. Y su lucha por tanto no es tanto interior sino dirigida contra la ideología de una época para la que es sin dudas culpable. Miserable destructor de la horrenda cotidianidad humana. Bestia que debe morir en la hoguera por su rechazo de todo alimento y sexualidad.

3) Joos Van Craesbeck anticipa a Gulliver, el surrealismo y hasta a Goya. Eso sí, más que sugerirnos que el sueño de la razón produce monstruos, su obra parece indicarnos que los sueños del ascetismo producen risa. Provocan carcajadas gigantescas a los dioses puesto que la severidad de los santos y su lucha interior se ven casi ridículas frente al trasiego de la vida cotidiana. La fortaleza de un mundo real cuya consistencia es tanta o mayor que la del corazón de los monjes retirados.

Su lienzo es una locura jocosa. Una mirada irónica a los sacrificios del santo en una época en que el oro bañaba Occidente tras el descubrimiento de América. Y en ciertas zonas había tanta comida que parecía mierda que brotaba constantemente del culo del planeta. Y en otras, tanta pobreza que se antojaba una frivolidad convertirse en héroe por dejar de comer y abandonar la sexualidad. Al fin y al cabo, los dos centros motores de la vida. Los puntos vitales de una existencia caótica a la que ni tan siquiera en los estertores del Barroco ningún sacrificio personal iba a dar sentido teniendo en cuenta las continuas guerras, la ambición y el vertiginoso cambio de concepciones sobre la naturaleza del mundo que se habían producido en las décadas anteriores. Y por tanto parecía abocada a la guerra infinita y a la sexualidad frugal. Una desnudez y animalidad que contagiaron a Craesbeck y provocaron la transformación de San Antonio en un náufrago. Un exiliado con un mundo interior tormentoso y una enorme cabeza alborotada.

4) Jan Brueguel el viejo no retrata tanto una lucha como un convite. Un cortejo. Plantea la tentación como el ensayo de unas nupcias. Una posible unión entre el alma de un santo y unos demonios que podría servir de enlace entre dos épocas. La renacentista y la barroca. El mundo clásico y su antítesis. Describe por eso la secuencia casi como una escena de corte situada en este caso en un descampado en medio del que reinan los demonios y las gracias y el santo se encuentra totalmente solo. En absoluta desventaja frente a viscosos seres amenazantes que no obstante, y a pesar de su actitud grosera,  respetan unas reglas. Se mantienen cerca del eremita, expectantes a su actitud, fuerza y resistencia.

En realidad, a Brueguel parece que le interesa el tema no tanto por el aspecto religioso sino porque el carácter ascético del ermitaño, su resistencia frente a la grosería y el disparate, eran casi una metáfora del arte de su tiempo. Auguraban el renacimiento de ciertas formas de belleza que se veían confundidas y revueltas en medio de un mundo sometido a la sangre y la fealdad. Un Barroco rabeleisano y severo, lascivo y oscuro, que parecía por momentos augurar el advenimiento de una nueva Edad Media y no tanto del Siglo de las Luces.

5) Lovis Corinth pinta una escena sensual y simbolista para describir las tentaciones del ermitaño. En su lienzo, San Antonio sufre no tanto como en el pasado debido a los tormentosos diablos incestuosos como debido al oropel de belleza y fina sensibilidad libidinosa que se despliega ante él. Su obra es orientalista y decadente. Festiva y destructiva. Tiene un marcado carácter onírico y la potencia de una escena bíblica. Es un reflejo visceral y profundo del choque entre eros y thanatos. El deseo y su negación absoluta.

Corinth es severo y cortante. Se centra ante todo en el hombre. En Antonio. En el efebo que va a morir. En esos brazos delgados y musculosos que no rodearán el torso de ninguna mujer y su cuerpo recorrido por una savia sexual que no podrá germinar. En cierto sentido, el artista alemán es existencialista. Nos permite visualizar el drama producido en el individuo. La castración y amputación simbólica que provoca de su miembro por unas creencias que lo transforman en un rebelde. Un fuera de la ley. Casi un ser proscrito condenado a la soledad eterna de Sísifo. Y al mismo tiempo, nos permite contemplar con holgura la trama circense que se desarrolla a su alrededor. La lucha de la salvaje sensualidad por hacerlo suyo entre relinchos de caballo, gritos de elefantes, suntuosas apariciones de robustos hombres orientales y las continuas insinuaciones de musas cuyo aspecto es una morbosa combinación entre el fino aspecto de las sirenas y la maligna severidad de las brujas románticas.

6) Max Ernst conduce a San Antonio a un paisaje que podría aparecer en una película de Star Wars. Décadas antes del estreno de la saga de George Lucas, prácticamente visualiza al eremita como un jedi. Un Joda del mundo antiguo que sufre el continuo ataque del lado oscuro por medio de criaturas y bichos que lo mismo podrían aparecer en Mars Attack o Alien que en Distrito 9.

Su obra combina de manera fascinante -teniendo en cuenta la fecha en la que fue compuesta- la ciencia ficción con el expresionismo. Las fantasías telúricas con los miedos ancestrales. Las fuerzas ocultas parecen salidas de pesadillas kafkianas. De una obra de terror. Y son tan poderosas que remiten tanto al nazismo como al no future de la sociedad nuclear e industrial.

En su lienzo, San Antonio no lucha. Prácticamente está muerto. Totalmente destruido y sin esperanza. Su gesto carece de significado frente a las carcajadas profundas del mal. Los buitres diabólicos. En cierto sentido, se ha convertido en Cristo. Necesita un milagro para vencer a tanta oscuridad. Para resucitar. Tal vez la ayuda de una Fuerza a punto de extinguirse. El auxilio totalitario y absoluto de la bondad. El futuro advenimiento de un fascismo basado en la tolerancia garante de causas nobles y perdidas en medio del terrorismo consumista y el absoluto ocaso del humanismo. Shalam

ينما لا يتجاوزن في بريطانيا

Para dirigir personas, camina detrás de ellas

Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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