Vigía

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Hace unos años, tuve el placer de conocer al joven artista Alan Hernández (1988) en Xalapa. A pesar de que él se encuentra actualmente en Los Cabos y yo en Murcia, hemos seguido en contacto. Y cuando hace unos días, me escribió, pidiéndome que redactara un texto para su primera exposición, además de alegrarme mucho por su logro, acepté de inmediato. Un límite expuesto es una muestra de su trabajo realizado en los últimos 10 años. Desde sus primeras búsquedas hasta sus primeros conatos de madurez. La radiografía de un alma inquieta que no ha seguido el camino fácil -la queja y el lamento- sino que ha intentado trazar nuevas huellas por caminos y rutas muy transitados, de los que aparentemente no se podían extraer más lecturas e interpretaciones. En fin. Dejo a continuación el texto redactado para esta exposición que, confío, sea la primera de muchas más. No tanto por él sino por la sociedad de donde ha surgido. Necesitada urgentemente de diálogo y reflexión para salir de la espiral autodestructiva en que se encuentra inmersa.

Ahí va:

Vigía

Tengo la sensación de que Alan Hernández es un artista vigía. Observa la realidad desde su azotea con calma, reflexiona sobre sus contradicciones y una vez que ha extraído sus conclusiones, comienza a caminar. A mezclarse con ese mundo del que deja testimonio en obras que invitan constantemente a la participación del espectador. Porque Alan Hernández no es un artista autista. Es un artista que dialoga con su público, no exige nada y comparte sus búsquedas y hallazgos generosamente. Los dona y ofrece, como si fueran regalos, sin imponer ni una mirada ni una respuesta fija hacia ellos.

Tampoco es Alan Hernández un artista morboso. Defecto en el que podía haber caído perfectamente teniendo en cuenta el deteriorado mapa social de México. Su arte -no importa el tema que trate- es más bien, un oasis. Una sencilla habitación donde el público puede relajarse, descansar y al mismo tiempo, reflexionar sobre un gran número de procesos y acontecimientos contemporáneos: la migración, la contaminación, la violencia o el narcotráfico. Y hacerlo con libertad y confianza. Porque, repito, lo que desea Alan es establecer una conversación. Que exista un cruce de ideas y un intercambio entre sus obras y los espectadores que les haga sentirse útiles a ambos. De hecho, gran parte de la sencillez y espontaneidad de sus creaciones procede de su deseo de provocar una reacción y si es posible, una reflexión en personas ajenas al mundo del arte. Reconstruir el arte social desde sus cenizas. Algo que no es posible desde una torre de marfil ni complicando demasiado el medio a través del que se transmite el mensaje.

En realidad, a pesar de que Alan trabaja con muchos de los temas centrales de nuestro tiempo y de que la mayoría de ellos son muy controvertidos, su intención no es explotarlos. Provocar terror gratuito o sorpresa en el espectador. Verdaderamente, ni siquiera creo que se plantee denunciar los hechos que retrata por más injustos que puedan ser. Porque la temática de su obra es la responsabilidad. Lo que intenta Alan es concienciar, poniendo de manifiesto lo interiorizados que tenemos ciertos miedos, vicios y plagas morales. Sacar a los espectadores de su zona de confort, sin necesidad de molestarlos o escandalizarlos, y propiciar una reflexión, una acción, o un cambio de actitud si es posible. Propósitos y objetivos humildes pero realistas teniendo en cuenta que crea desde un lugar donde el tejido social así como la cultura se encuentran prácticamente derruidos.

  

De entre todas las obras de Alan Hernández, hay una que me gusta especialmente: su kit infantil de secuestro. Una genial y subversiva ocurrencia que visualiza los secuestros, dada la familiaridad de la mayoría de los mexicanos con ellos, como actos pop, lúdicos y festivos. Y pone de manifiesto, de manera muy original, como estos horrendos sucesos se encuentran ya totalmente asimilados por la población y forman parte del folklore colectivo. De su panorama social cotidiano. En fin, creo que basta este kit para tomar conciencia del valor, proyección e ingenio de un artista que tiene todavía múltiples senderos que recorrer. Y debería poder obtener los medios y la exposición pública suficiente para continuar creciendo. Shalam

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

Nadie es tan feliz ni tan desgraciado como él mismo imagina

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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