Hylics

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Hylics podría ser un sueño lúcido de Wayne Coyne, el frontman de The Flaming Lips. De hecho, una de las mejores opciones que se me ocurren para disfrutar con este enigmática creación, sería pinchar varios de los discos de la alucinada banda de Oklahoma y escuchar tres o cuatro de sus canciones a la vez y aleatoriamente. Más que nada, porque tanto la atonalidad, la libertad sin medidas ni armonía son ejes esenciales para penetrar en este viaje a mitad de camino entre lo arcaico y lo psicotrópico que nos propone Mason Lindroth en su videojuego. Un universo seductor y lleno de magnetismo con íntimas conexiones con los diseños realizados por Roland Topor para el film de René Laloux, Planeta salvaje, además de con ciertos paisajes imaginarios, desérticos y plenos de simbolismos de las películas de Jodorowsky. Un paisaje mental muy próximo, a mi entender, al propuesto por David  Bowie en suLodger. Pues Hylics es una especie de western surreal y onírico. Un viaje por los laberintos de la conciencia humana que habría hecho las delicias de André Breton, ideal para los amantes del surrealismo. De hecho, tanto El bosco como Dalí al igual que ciertos referentes y detalles de la más hipnótica ciencia ficción distópica o los viajes satíricos de Jonathan Swift pueden ser citados como referentes (indirectos) de una creación que, a pesar de la batería de conexiones antes citada, expresa lo que desea y necesita decir, en un tono bastante contenido e intimista. Consciente de que el amplio universo mostrado debe conectar con la experiencia personal de cada quien. A lo que sin dudas ayuda su reiterativa y austera banda sonora, compuesta por el propio Lindroth, rememorando los compases de alguna soap opera de bajo presupuesto. Una película que no busca tanto sorprender ni maravillar sino más bien, la concentración y la meditación del espectador para el mejor disfrute de una experiencia insólita.

¿Qué es Hylics? Como todo sueño es difícil de desentrañar. Pero cuando se lo contempla varias veces, se van extrayendo detalles que permiten trazar ciertos hilos. Reconstruir determinadas imágenes aparentemente inconexas. Desde luego, es un delirio y una obra sumamente arriesgada. Arte extremo pero también dotado de una sensibilidad acusada. Pues en esencia, es goce para estetas. Y magia para aventureros. Una experiencia posmoderna y naif pero también anárquica. Un intento de reverdecer el viejo aura de libertad de las creaciones de los años 60 pero desde la conciencia de su imposibilidad. A través de una mirada que obliga a cuestionar todo lo que vemos y cualquier paso que damos. Para lo que sin ninguna dudas son decisivos los gráficos y consignas que van apareciendo durante el juego. Frases con mayor o menor sentido, aparentemente inconexas, hilvanadas según la técnica del cut-up patentada por William Burroughs o las estrategias aleatorias de Brian Eno, que nos introducen en un territorio mental sorprendente. Un escenario a lo Carrol donde la realidad es contemplada al trasluz de un espejo puesto del revés, con cierto aire nihilista o abrasivo.

Me agrada sumergirme en Hylics como si estuviera adentrándome en los sueños de los personajes de El Almuerzo desnudo. Leerlo como si fuera la página rota de un poema de Verlaine inesperadamente encontrada en el desierto. Y visualizarlo, como si estuviera ante una epopeya galáctica que fuera el anverso y reverso de Dune. Una excursión por lo que queda del planeta Arrakis aún vivo en la conciencia del ser humano. Trozos de arena y peces muertos junto a plantas y rocas unidos por una mirada cultural hipertrófica que intenta abrir nuevos campos de visión. Que cruza, sí, las distopías oníricas de Lynch y las pesadillas de Cronenberg -esos cerebros conectados a una especie de matrix- con la gnosis. Pues Hylics es una pesadilla antropomorfa radicalmente contemporánea. Pero también, profundamente arcaica. Una obra anclada en el más rabioso presente que sin embargo propone como manera de surcar sus mares, una toma de conciencia mística.

Resulta muy difícil afirmarlo con toda rotundidad, pero me inclino a pensar que, siendo Hylics una fantasía compuesta a modo de reflejo del mundo actual, es una invitación a realizar un viaje por el caótico mundo contemporáneo con la misma energía y fuerza, los mismos ojos de asombro, que si fuéramos a realizarlo siglos atrás. Como si fuéramos Ulises. De hecho, las habitaciones cerradas donde aparecen televisiones, absurdos cuartos de baño, paisajes desérticos o estructuras derruidas que simulaban ser edificios, no dejan de ser reflejos, destellos de esta sociedad donde, como lo denunciaron los gnósticos, tantos ciudadanos se sienten prisioneros, atrapados y neurotizados. Y en este sentido, Hylics parece animarnos a tomar conciencia de que las dificultades que nos encontramos actualmente para hallar un sentido a nuestro paso por el mundo -iguales a las que tenemos para encontrar un sentido claro a su creación- no son distintas en esencia de las que se encontraron los hombres antiguos. Jasón y sus argonautas cuando fueron en busca de un vellocino de oro atravesando pruebas, rutas y dificultades que, desde una perspectiva adecuada, son parecidas a aquellas con las que nos enfrentamos cotidianamente.

Únicamente es necesario cambiar la perspectiva. Visualizar el mundo capitalista como la caverna, sus funcionarios como monstruos enmascarados, pescados gigantes procedentes del Averno, y sus oficinas como trampas, maremotos donde se nos intenta maniatar para absorber nuestro poder. A lo que hemos de unir, el absurdo y las contradicciones del capitalismo, como otras de las trampas y condicionantes a través de las que el sistema actual niega la posibilidad del viaje heroico. Desmonta nuestra energía con frases y mantras que, leídos con atención y conciencia, podrían parecernos tan inconexos como los que aparecen una y otra vez durante el desarrollo del videojuego.

Además, uno de los símbolos más presentes en Hylics, es el dinero sin el cual no se podrá terminar un viaje, que tras una batalla, nos conducirá a un salón frente a una especie de gobernador cuyo poder es mínimo. Casi no actúa y por el hecho de haber accedido a su espacio, nos concede la victoria, en lo que podría ser una referencia -consciente o no- a El mago de Oz. El momento en que, tras su epopeya, los personajes de Lyman Frank Baum encuentran al fin el rostro humano que da órdenes y dirige las voluntades de quienes le rodean y comprenden que es un pequeño hombre sin un poder real. Un falso demiurgo. De hecho, para cuando hemos enfrentado al débil dios, en Hylics ya no somos uno. Somos un cuarteto. Tenemos tres poderes -mente, corazón y fortaleza (espantapájaros, hombre de hojalata, león)- de los cuales nos encontrábamos desprovistos al empezar el juego -el cuarto podría ser el sentimiento de orfandad e inconsciencia (Dorothy en la novela)- y hemos ido recuperando, a medida que surcábamos por paisajes despoblados, a medio camino entre lo apocalíptico y el surrealismo, que es tal vez la mejor manera de visualizar el devastador paisaje dejado a su paso por el capitalismo.

En realidad, Hylics probablemente no es más que un viaje de purificación y redención por los estertores del capitalismo para tomar conciencia de nuestro poder verdadero. Arrojar el dinero al fuego. Tener la posibilidad de dejar nuestro estado hílico -en el que aún somos prisioneros de esa realidad desmontada en el videojuego- al psíquico y finalmente, el pneumático. De la MTV -esos músicos que tocan ante un paisaje destruido frente a televisiones solitarias- al desierto de lo real. Y de allí, a los cielos. El acceso al verdadero dios invisible y soberano que anida en nuestro corazón. La salida de la caverna. Pero posiblemente, también es una llamada de atención -esa especie de cuernos de los muñecos centrales- de la necesidad de reintegrarnos con nuestra parte animal. Nuestra faz minotauro. Porque es robándonos el animal, castrándolo y negándolo, cómo el estado moderno nos ha desligado de las raíces, convirtiéndonos en prisioneros, reos de su sistema de poder. Cambiando bestias por hombres en el centro del laberinto.

El capitalismo será un día un paisaje en ruinas. Como la vieja Babilonia. Porque la materia perece, se gasta y cae. Y al contrario, el alma es pura y eterna. Hylics es una invitación a descubrirlo. O más bien, a recordarlo. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 De las nubes negras, cae agua limpia

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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