Lockheed P-38 Lightning

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Amo 1942. Sí, el mítico videojuego creado por la Capcom en 1984. Tanto es así que hace unos años, en el 2009, durante una de mis visitas al Sonar, cuando me volví a encontrar la máquina recreativa original dentro de una exposición organizada por el CCCB, dedicada a los “quinquis de los 80”, mandé al garete la música, el programa de conciertos del festival que concienzudamente había diseñado horas antes y, absolutamente fascinado, me dediqué durante horas a darle al botoncito y a mover el mando. A derribar todos aquellos aviones que intentaban evitar que cumpliera mi misión y pudiera repostar cuando así lo necesitara en la base amiga. Que pretendían que no fuera feliz como ese delicioso juego había conseguido cada vez que me ubicaba ante él, echaba la moneda y le daba al play con fuerzas renovadas. Pensando que esta vez, sí, batiría mi récord y mis iniciales quedarían grabadas para siempre en su memoria.

De todas formas, he de reconocer que mi amor no fue a primera vista. Cuando 1942 apareció, me encontraba mucho más interesado en las máquinas de naves espaciales o en las dedicadas al fútbol. Sobre todo, estas últimas, puesto que en mi lugar de veraneo nos permitían realizar campeonatos y apuestas (no muy cuantiosas, eso sí) en las que los integrantes de la pandilla podíamos competir unos contra otros, poniéndonos a prueba ante la expectación de toda una caterva de muchachos y comentaristas que nos rodeaban emocionados por conocer cómo finalizarían las eliminatorias. No sé cuándo jugué por primera vez al juego. Tal vez en 1986 o 1987. Acaso en 1988. Seguro que fue en un momento en que mi interés por los videojuegos había disminuido mucho. Pues no fue hasta 1990 que caí rendido a los pies de este delicioso viaje bélico que me mantenía entretenido todas las tardes antes de entrar en la escuela, me obligaba a comer rápido pues en cierto modo era absolutamente sagrado para mí poder gozar de una partida cada día o al menos cada semana. Casi un rito sin el cual no estaba en absoluto completa mi existencia. Como si alguien me hubiera robado alguno de los psicodélicos casettes de Beach Boys que, fascinado, escuchaba en mis audífonos, imaginando mundos imposibles disueltos en colores inexistentes, antes de dirigirme airado y confundido a las clases sobre el rencor y el desprecio impartidas con odio por aquellos agrios profesores de Maristas.

1942 era un clásico shoot em’ up (“mátalos a tiros”). Ese género en el que por lo general una solitaria nave o un soldado tenían que combatir con bombas y disparos sin fin, con todos los recursos a su alcance, a las tropas enemigas. Y en este caso, su protagonista era un avión clásico norteamericano -el Lockheed P-38 Lightning- que, durante la Guerra del Pacífico, tenía encomendada la misión de llegar a Tokyo acabando con las tropas japonesas.

En principio, sí, nada sorprendente ni demasiado novedoso. Si no fuera porque precisamente esa era la baza de 1942. Devolvernos al pasado. Construir un juego dentro del futurista cenagal de los años 80 -justo cuando los gráficos y sonidos comenzaban a evolucionar a una velocidad sideral- que fuera en esencia retro. Es decir, que nos creara la ilusión de haber sido creado tres décadas antes, en medio o al final del conflicto mundial. Haber sido originalmente pensado y destinado para los norteamericanos deseosos de revivir las hazañas de sus compatriotas en la guerra y vengarse catárticamente del recuerdo de Pearl Harbour y de ninguna manera, haber sido diseñado en los confusos y revueltos años posmodernos. Sí. Bastaba con ubicarse delante de la pantalla para sentir que en cierto modo Humphrey Bogart, Montgomery Clift o incluso combatientes sin excesivos traumas además de toda la generación crecida en los núcleos urbanos del país norteamericano durante los felices 50, hubieran disfrutado al máximo con este nostálgico viaje. Se hubieran dejado unas cuantas monedas mientras esperaban a sus novias tras saborear un nutrido cucurucho de avellana en la feria y que desde luego si Rod Serling lo hubiera conocido, no hubiera dudado en inspirarse en él para componer alguna de las memorables secuencias de su Dimensión desconocida. De hecho, a veces he llegado a fantasear con un episodio de la memorable serie protagonizado por un J. D. Salinger -el escritor de El guardián en el centeno– envejecido que al ponerse delante de 1942 y mientras se escuchan las explosiones y sonidos procedentes del juego, comienza a rememorar sus traumas bélicos de tal forma que a través de ciertos de los meandros abiertos por esta nueva confrontación, podemos alcanzar una hipótesis mucho más exacta y veraz de las que conocemos hasta ahora con la que poder explicar su abandono de la vida pública tras su éxito literario. Una historia -valga decirlo- que no es sino otra de las muchas -no necesariamente la mejor- de las que se me ocurren al pensar en 1942. Un juego atípico donde los haya que en un mundo obsesionado por el futuro se volvió a buscar el pasado. Casi como si un fabricante renunciara a construir televisiones en color con la conciencia de que los consumidores acabarían antes o después volviendo a caer enamorados ante los encantos del blanco y negro.

Prácticamente todo en 1942 era especial. Sumamente especial. Los sonidos por ejemplo que en un principio -sin entender la perspectiva retro– podían parecer patateros, un chorro de hojalata filtrado por un estéreo sin cuidado alguno, con el tiempo se revelaban como un gran acierto. Puesto que inadvertidamente conseguían retrotraernos a épocas del pasado en las que apenas se conocían ni soñaban los adelantos técnicos del presente que habían acabado convirtiendo el mundo de los videojuegos en una especie de caja de Pandora en la que todo era posible. Tanto es así que escuchar ahora esa inolvidable y un tanto atropellada introducción con la que se abría el juego, resulta algo parecido actualmente a oír el motor de una antigua motocicleta fabricada a mano. Un acto de amor sublime. La sensación de formar parte de un tiempo único e irrepetible que milagrosamente es actualizado frente a nosotros. Exactamente, en 1942 todo se movía a velocidad normal. Tal vez, sólo tal vez, un poco más lenta de lo habitual. Permitiendo al jugador concentrarse de lleno en su labor, saborear el aroma de los tiempos antiguos y disfrutar de su partida como si fumara un puro o un cigarrillo sin apenas aditivos. A lo que contribuían de manera definitiva el amplio azul -mezcla de la conjunción de los cielos y el mar- que ocupaba toda la pantalla y el amarillo dorado de los aviones que transmitía pureza y serenidad. Daba brillo, realce y sentido al hecho de que nos hubiéramos decidido a jugar. Motivo por el que acaso la duración del juego fuera superior a la normal. Pues ocurría que cuando uno creía que ya debía estar acercándose al final, volvía a aparecer una nueva pantalla, otra novedosa empresa que resolver a través del calmo Pacífico, las junglas e islas que iban apareciendo, en lo que suponía, en cierto modo, una revalorización de lo épico. Ya que, en gran medida, había realmente que cargarse de cientos de atributos entre los que destacaban la paciencia y la calma para entrever la victoria. Un triunfo que no dependía ya tanto de nuestra habilidad y reflejos sino de nuestra capacidad de creer en nosotros mismos. Tranquilizarnos y serenarnos entendiendo que nuestra misión vital era la correcta y de nuestro buen desempeño, dependía la vida de un pueblo. O al menos, su salud psicológica que en cierta manera, se restablecía cada vez que jugábamos a un juego que miraba de tú a tú a sus jugadores. Los trataba con respeto y los mecía el hombro como si fueran entrañables compañeros de batalla con los que rememorar aquella grandiosa batalla que los convirtió en héroes de su patria.

Supongo que para muchos será difícil de creer, pero para mí 1942 es un juego de honor. De valores. O al menos, una mirada nostálgica a un tiempo en que todavía estos podían tener importancia. Sí. Ya sé que la historia se encuentra falseada y que, siendo justos, los norteamericanos podrían y deberían convertirse en villanos. Pero en cualquier caso, no sé si este debate es pertinente aquí. Más aún, teniendo en cuenta que Capcom (que sí que es cierto que intentaba por entonces hacerse un hueco por todos los medios en el mercado norteamericano) es una compañía japonesa y que de lo que se trataba no era tanto de cuestionar la historia, buscar culpables o víctimas, sino de crear juegos de esparcimiento de calidad a poder ser atemporales. Y a fe que lo consiguieron pues todavía hoy en día, no podría jurar que si tuviera una cita amorosa o realizar un importante examen, de encontrarme de bruces con una máquina donde el juego estuviera instalado, no mandara el resto de mi vida a tomar gárgaras -como en parte realicé con aquel Sonar- y me dedicara minuto a minuto y hora tras horas a intentar conseguir aquello que nunca pude lograr: llegar al final del juego. Convertirme en un héroe norteamericano budista. Un alma perdida entre el pasado y el futuro condenada a reflejarse, ser feliz únicamente a través de los pantallazos de 1942Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

La calma es la virtud de los grandes

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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