Tetris

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Tetris, la creación de Alexy Pajitnov, es una fosa diabólica. Casi una invitación a la muerte en una sala de espera médica o la antesala de una entrevista de trabajo. Al fin y al cabo, es un juego que de una u otra manera alude a la pérdida de ilusiones. Que todos, no importa qué esfuerzos hagamos, terminaremos decepcionados. Pues la meta de este ¿pasatiempo? es conseguir que las construcciones de cemento o plástico -póngase el material que se desee- desaparezcan. No perduren. Todo lo contrario de aquello a lo que estábamos acostumbrados históricamente, teniendo en cuenta que la meta de toda construcción arquitectónica es resistir. Atravesar el tiempo. Con lo que Tetris puede ser, en primera instancia, ¿por qué no?, visualizado como un espejo deformante de toda esa caduca arquitectura contemporánea creada erróneamente por intereses económicos. Siendo en cierto modo, un juego que dibuja muy bien los movimientos de la economía contemporánea; esos bailes de cifras que vienen y van, se fugan y huyen constantemente y no se sostienen sobre un suelo sólido. Un texto gráfico basado en las desapariciones. Cuya meta es conseguir el blanco y el negro absoluto. Casi un objetivo o ejercicio budista que este movedizo puzzle desafía a conseguir a sus participantes. En general, inquietos niños y acomodados jóvenes y señores burgueses más cercanos a las matemáticas que a los sabios efluvios orientales.

Pero, en realidad, creo que Tetris es mucho más. Mucho más. Casi un preludio del futuro. Pues fue creado dos años antes de la caída del muro de Berlín y el abatimiento del bloque comunista. Acontecimiento histórico que veo reflejado al trasluz de esta estanajovista composición que lo mismo recuerda a un puzzle que a un cubo de Rubick. Pues me resulta imposible no comparar sus piezas monocordes con las estructuras arquitectónicas, casas y barrios desprovistos de todo adorno y decoración característicos del bloque soviético. Los esfuerzos de un régimen imperial por pervivir frente a la urgencia de su inminente derrumbe. Ilusiones de grandeza absorbidas por ese abismo en el que desembocan todos las fichas de Tetris sino es que por incapacidad del jugador, terminan colapsando, dando lugar al fin de la partida.

De todas formas, Tetris es un juego que acaso no sólo representó abstractamente un cambio de época sino que en esencia lo configuró. Participó de él y puso su grano de arena para llevarlo a cabo. Pues a su manera, formó parte de la Perestroika. Fue una de las primeras construcciones en dar el salto entre los dos mundos, quebrar muros y convertirse en una distracción -y a veces también obsesión- cotidiana y habitual en Occidente. Un inteligente y artificioso pasatiempo que un profesor de filosofía obsesionado con Wittgenstein hubiera considerado una apéndice del Tratactus. Comparando los ensamblajes de las piezas con la hilación de distintos fragmentos discursivos en el ara social. A un catedrático de lingüística, le hubiera servido para explicar el estructuralismo y el generativismo, a un amante de la pintura abstracta para incentivar la curiosidad de sus hijos por los lienzos de Mondrian o Kandinsky, y un rebelde hubiera visualizado muy claramente cómo una crítica al vacío contemporáneo. Las estructuras cuadriculadas que sostienen la sociedad burguesa y cómo estamos en parte destinados a ser utensilios de un absorbente sistema. Piezas de lavado centrifugadas por la Matrix.

En cualquier caso, Tetris es, ante todo, un enigma. Su colorido contrasta con su operatividad casi rutinaria y robótica. Su monocorde ritmo, abstracción, (especie de retrato de un mundo perfecto, solitario y aislado), con la fiebre adictiva que ha creado en medio mundo. Y sus metas, la eliminación de cualquier quimera, contrastan con la ideología y deseos occidentales. Probablemente, porque roza un pedazo de nuestro inconsciente. Nos prepara para morir. Difuminarnos en las estrellas o el vacío y nos anuncia que la acumulación de objetos, es un seguro fracaso. Y además, lo hace sin estruendos. Con absoluta simpleza. Sin los ruidos de fondo de otros videojuegos. Aislando al jugador en una especie de coraza que, una vez que se encuentra absorbido por la caída de las piezas, le hace creer, le da la impresión, de estar sólo ante el Universo. Un cielo sin dioses que nos juzguen. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Estar en ayunas no mata, pero la glotonería sí

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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