Buna Ziua

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Dejo a continuación la decimoctava reseña del libro Los 100 mejores discos del Siglo XX. En este caso, dedicada a Buna Ziua de Andrei Munteanu. La próxima semana me ocuparé del puesto 82 en esta lista: Vexus vs Conversus de Iraelita

Quien desee por cierto saber más del proyecto puede pinchar en el enlace siguiente:

https://www.averiadepollos.com/los-100-mejores-discos-del-siglo-xx/

Y quien quiera leer la reseña anterior puede hacerlo aquí:

https://www.averiadepollos.com/siempre-bailando/

Si alguien se anima, asimismo, a leer este texto con música, le recomiendo hacerlo escuchando el siguiente tema de Nick Drake: «Free Ride».

 

83. Andrei Munteanu: Buna Ziau. (1960)

Aún hoy en día cuesta trabajo y esfuerzo imaginar cómo un disco del cariz de Buna Ziau pudo ser concebido. Un Lp sencillo, intimista y arisco grabado en su integridad por un joven adolescente rumano con ayuda únicamente de su sensible voz y una guitarra acústica que apuntaba al infinito. Al confín más alto de los cielos.

Hastiado del régimen nazi, del árido ambiente de la postguerra, la indiferencia paterna y la cobardía de la sociedad rumana, Andrei vagó por su país viviendo de la caridad ajena hasta encontrar asilo y la comprensión de un parroco en los monasterios de Bucovina. Allí encontró cobijo y se familiarizó con la vida mendicante, realizando ayunos, meditaciones y constantes recitaciones de oraciones bíblicas. Un retiro esencial tanto para aportar paz y descanso a su alma como para lograr que se le abrieran de par en par las puertas del sacro recinto donde grabaría su emocionante disco: la catedral de Sighisoara. Cuyos altos muros y columnas resultaron esenciales para la obtención de los impresionantes ecos que hacen resplandecer la voz de Andrei en Buna Ziau. El único disco que grabó un músico empeñado en convertir cada uno de los surcos de su obra en un cántico sagrado en el que la voz humana se confundiera con la de Dios.

Ciertamente, Buna Ziau es una especie de milagro en el que todo encaja. Pues fue grabado durante una sola toma en directo con ayuda de un rudimentario aparato que no sólo no entorpece el sonido de cada una de las 10 composiciones que riegan el disco sino que le confiere un aire más auténtico y árido; casi sepulcral. De hecho, en vez de interferir, propulsa la mística atmósfera de unas canciones que por momentos parecen imitar el vuelo angélico y en otras intimar con ese silencio absoluto, total que las estatuas virginales, crísticas y las efigies de santos son capaces de convocar.

Sin duda, Buna Ziau fue un disco compuesto para trascender tanto en el ámbito del arte musical como en el espiritual. Sobre todo, en este último. De hecho, en determinados instantes es similar a una plegaria y en otros es casi un llanto de consolación. Un salmo de refugio para los cientos de miles personas heridas por el cataclismo bélico. La beligerancia de un tiempo en el que la libertad era una completa quimera y parecía que Dios se había olvidado de sus hijos.

Buna Ziau negaba la máximas ateas. Fue, en cierto modo, una cruz plantada en medio de un terreno pantanoso contra Hitler. Era una obra que incidía en la necesidad de continuar luchando por la paz. Y lo hacía con tal intensidad y franqueza que resulta comprensible que, aún hoy en día, muchos de los más exaltados fans de este disco no sean capaces de escucharlo más de dos o tres veces por año. Efectivamente, Buna Ziau requiere del oyente una particular sintonía emotiva y espiritual con lo relatado. Tanto recogimiento como una mínima paz de alma. Pues de no ser así, lo más probable es que no se puedan sobrevolar sus escarpadas colinas poéticas llenas de misticismo.

Destacar alguna de las 10 gemas incluidas en el disco es imposible. Todas brillan a excepcional altura y conforman un todo en el que las semejanzas –voz, guitarra y sonido- sobresalen por encima de las diferencias. Andrei vislumbró que la mejor manera de enfrentarse al enemigo hitleriano y al rancio conformismo no era a través de las armas o la protestas desaforadas. La historia enseñaba que grandes Imperios habían caído antes y el nazi y el nipón también terminarían haciéndolo antes o después. Así que Andrei no puso tanto el acento de sus letras en atacar a los enemigos de la libertad como en resaltar las cualidades morales de las gentes humildes. Por eso Buna Ziau es probablemente más que un disco. Es un hipnótico salmo de una dimensión espiritual parecida a la que debieron poseer los cantos gregorianos o las composiciones religiosas Bach en su tiempo que se encuentra mucho más allá de los canones de la música contemporánea. En un lugar muy cercano al cielo que Andrei roza con sus apasionantes canciones, haciendo estallar nuestros oídos asombrados ante las bellas melodías que es capaz de crear un hombre únicamente con la ayuda de su guitarra.

Otro aspecto muy reseñable del disco radica en que, en ningún momento, Andrei Muntaunu realizó en sus letras referencias directas a Dios o rememoró algún pasaje evangélico en concreto. Al contrario, en sus versos lo mismo ensalzaba las virtudes de agricultores o pequeños comerciantes que rememoraba la bella sonrisa de diversas mujeres como su madre o hermanas o su primer amor platónico. Ante todo, porque Andrei tenía muy claro que no existía mejor estrategia para honrar a Dios que cantar a sus creaciones terrestres. Por eso, lo mismo habla de las penurias de gentes obligadas a reconstruir ciudades destrozadas o de los sueños rotos de niños crecidos en tiempos de penuria que relata historias de judíos perseguidos obligados a emigrar a tierras ignotas o de amantes besándose en medio de las ruinas de edificios que fueron no mucho tiempo atrás el hogar de muchas personas.

En fin. Buna Ziau es un disco inmemorial. Casi un acto de contricción que disuelve y sana el inmenso dolor de un mundo devastado por las armas y la intolerancia. En este sentido, tengo muy claro que sería una obra que cualquiera quisiera escuchar en su funeral en caso de tratar resucitar –según las doctrinas religiosas- a las puertas de una nueva vida. Puesto que es parecido a un medallón sagrado. A la sabia sonrisa de un eremita y al llanto de un sacerdote honrado. Es en definitiva una invitación a trascender a través del amor. Shalam

الجبناء هم أولئك الذين يحتمون بموجب القواعد

Los cobardes se cobijan bajo las normas

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen….todo gotico por los ventanales, gotico vietnamita por la techumbre…jajajjj
    2ºimagen….techos en omega abierta…andrei rubliev el pintor de iconos……una preciosidad…
    3ºimagen…..la iglesia blanca….cupula doble te, agua y triangulos….siempre abierta, siempre jugando……
    4ºimagen…pobreza nivel top…….
    5ºimagen…..estructura sumativa con botafumeiros incluidos…(smoke on the water)….
    6ºimagen….las serpientes en las vasijas de madera……(a paul gaugin le hubiera gustado)…….
    PD…..https://www.youtube.com/watch?v=1tsw3nKDlBE….rock aid armenia.com live-1989….

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Paredes icónicas, techos malayos, cielos de Nebraska, vegetación de bosque nórdico. Todo lleno de contrastes armónicos. 2) Interior de una nave espacial a través de la que el imperio bizantino intenta colonizar mundos distantes. 3) Parece una catedral de juguete para montar por niños. Anuncio navideño en paisaje real. 4) Portada de una novela llamada Hambre. 5) Reliquario ancestral cuya sola existencia demuestra que Dios está aquí junto a nosotros. No se ha ido ni se irá. 6) Rememoración de ciertas fotografías de Tolstoi. La barba del escritor luego copiada por Jodorowsky en El topo u otros filmes. PD: La pregunta es ¿qué hace ahí David Gilmour?. ¿Aporta algo? jjajaj muy bien Bruce Dickinson haciendo suya la canción.

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